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Por Juan Masullo
Fotos por Pablo Garcia


Al verlo muchas cosas empiezan a cobrar sentido.

Sus 6.6 pies de altura explican de dónde salen las ciento-treinta-y-algo millas de su saque; sus piernas, largas y musculosas, por qué no hay bola a la que no le llegue; sus brazos, delgados pero sólidos, la potencia de ese topspin que a todos desarma; sus manos, enormes, por qué no hay balazo que le haga temblar cuandosube a la net.

Tenerlo en frente despeja incógnitas: es un indiscutible top ten.

En el 2005 se hizo profesional; en los últimos dos años acumuló sus primeros seis títulos del Tour ATP –perdiendo apenas dos de las ocho finales jugadas, y ganando, sólo durante el verano de 2008, cuatro títulos consecutivos–; en su camino ha dejado a grandes como Nadal, Gonzáles, Roddick, Hewitt; y para colmo, sólo en premios, en sus arcas abraza más de 3 millones de dólares.
   
Este verano no ha sido distinto: repitió título en Washington D.C. –cosa que desde Agassi en 1999 nadie hacía–; llegó a la final en Montreal cortándole las alas, por segunda vez, a Nadal; en números, de 53 partidos jugados ha ganado 42, y se perfila como uno de los grandes favoritos para quedarse con uno de los cuatro grandes: el US Open.

Ahora, ¿quién es este loco?

Es la máxima promesa del tenis latinoamericano.  Su nombre: Juan Martín del Potro. Un argentino que, con apenas 20 años, propina a sus adversarios raquetazos lapidarios a lo largo y ancho del globo.

¿Vilas o Maradona?
Sorprendente. El actual número seis de mundo, más que de tenis, habla de fútbol. Y es que fue con el fútbol que todo empezó, hace más de doce años, mientras aguardaba su práctica diaria de correr tras el balón.

“Ese día me invitaron a jugar tenis. Me pusieron una raqueta, empecé a pegarle a la pelotita amarilla y ahí arranqué. Después fui haciéndome más profesional cada día, hasta hoy, que ya es todo un trabajo. Y una aventura, claro”.

Del Potro habla pausado mientras mira el horizonte. Es tímido, pero seguro. Viste camiseta con mangas, sandalias de piscina y shorts de basketball. Dejó la banda Nike en el maletín y en su muñeca lleva un reloj fino, pero nada ostentoso.

Pese a que su meta es la de ser el número uno del deporte blanco, él considera al fútbol como el deporte más hermoso del mundo. Que si hoy no fuera tenista, seguro estaría corriendo tras un balón. Seguro en La Bombonera y con el Boca. Su máxima pasión.

Cuando le pregunto que con quién se queda, si con Guillermo Vilas –quizás el tenista argentino más grande de la historia– o con Diego Armando Maradona, me mira, atónito, y con un “¡Uuuy!” típicamente argentino termina inclinándose por el segundo.

Cuando no está viendo fútbol o rompiendo contrincantes en la cancha, le gusta jugar PlayStation. 

“¿Y qué juega?”, le pregunto, adivinando su respuesta.

“Fútbol”.

Y del tenis… ¿qué?

“El tenis te hace madurar muy rápido. Creo que deja muchas cosas para la vida”, afirma. Sin embargo, quizás por lo mismo, no todo ha sido tan rosa en su camino. En
su caso, muchas cosas se han sacrificado por ir detrás de la “pelotita amarilla”.

“¿Y qué cosas?”

“Esas cosas que los chicos suelen hacer entre los 12 y los 18 años”, dice, dejando entrever una sonrisa picaresca. Y también la secundaria, aunque no los estudios, que completó a distancia. Otra de sus pasiones, la arquitectura, también quedó en standby hasta nuevo aviso –aunque no sabe si cuando termine con esto “le vaya a quedar cabeza” para seguir estudiando–. Con todo esto, no duda en afirmar que el mayor sacrificio que hizo por seguir la vía del tenis fue –adivinen–:

“El fútbol”.

Ahora sí: del tenis… ¿qué?

Su partido más duro fue hace un año,en la tercera ronda del US Open contra el francés Gilles Simon –después de cinco sets y cerca del mismo número de horas de juego, conquistó una apretada victoria–. Su torneo favorito es el US Open y en cuanto a cancha, prefiere la dura. El día más feliz de su carrera llegó este año, en el Masters de Miami, cuando le ganó por primera vez a Rafa Nadal. Y aunque entre Sampras y Agassi se queda con el primero, no duda un momento en afirmar que el mejor de todos los tiempos es el gran Roger: ese mismo que tiene que vencer parahacerse con su sueño de ser número uno.

Aunque todos coinciden en que será el próximo grande, Del Potro no se siente cómodo con el favoritismo. Muchas veces lo percibe como una presión que puede jugar en contra. “Saber que uno tiene la obligación de ganar o que esfavorito es muy complicado; sin embargo, con tiempo y experiencia uno aprende”, confiesa. Aún así, le parece muy lindo saber que está representando a América Latina, pues dejar en alto el nombre de la región es para él un compromiso que lo enorgullece tanto como a nosotros verlo correr tras la pelotita amarilla.

No tras el balón.

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