Por GLORIA SUSANA ESQUIVEL
Ilustraciones por John Giraldo
Una sobrina cercana a la mocedad? ¿Una primita llenándose de acné? ¿Una hermanita a punto de hacer la transición de acostumbrador a brassiere? 15 tips para celebrarle el quinceañero perfecto. Porque solo una vez en la vida, nuestra niña se hace mujer.
1. El vestido: A la Cenicienta
Sí, a través de las expresiones textiles nuestras criaturas querrán desbordarse en fantasías adolescentes y encarnar maravillas botánicas, mariposas tornasoladas o divas del pop –aunque para esto último, honestamente, no es que necesiten mucha tela–. Las más rebeldes querrán romper la tradición combinando sus atuendos con tennis, corsés emo-góticos o, sencillamente no usando vestido alguno, sino más bien los clásicos jeans rotos y unos Converse. Pero mucho cuidado: como en juego estará el nombre de la familia, el consejo es atenerse a la tradición y obligarlas a usar lo de siempre: vestido de satín con capas y capas de enaguas bajo faldones de color pastel, a lo Cenicienta. Y por favor, no me le ponga liguero a la quinceañera.
2. El salón de belleza: Antes muerta que sencilla
Después del vestido está el maquillaje y el peinado. En cuanto a lo primero, si no quiere que la niña se vea como Boy George o como un miembro de Locomía, dé las debidas instrucciones a estilista. En cuanto a lo segundo, lo importante es no escatimar ni en gastos ni en laca, pues, como bien lo sabe Marge Simpson, un peinado de alto impacto causa alta recordación. Entonces, peinados recomendados: Maria Antonieta. Peinados no recomendados: Gloria Trevi. Consejo importantísimo: si hay seres más dramáticos que las quinceañeras, estos son los estilistas, así que si quiere evitarse una pelea que incluya tijeras, sprays y demás armas letales, sede a la muchachita antes de entrar a la peluquería.
3. La fiesta temática: Como en un cuento de hadas
Conceptos creativos como Cisne en Venecia o Pozo Encantado se han convertido en el hilo conductor más recurrente de estas veladas; sin embargo, ya que MTV y el reggaetón han logrado hacerse con el cerebro de nuestras jovencitas, últimamente no han sobrado temáticas tan bajas como Perrea Mami Perrea o De vuelta a la escuela con Britney. Entonces: si la fiesta va a tener motivo, realice la censura adecuada antes de que la celebración se le convierta en una orgía prepubertina. Es más: el tema recomendado es Cisne en Venecia. Y a la que no le guste, pues no hay fiesta.
4. La decoración: Papel celofán, Icopor y hielo
Un quinceañero ideal exige una escenografía a la medida de los cuentos de hadas o los sueños de nuestras princesitas. Entonces, para transformar el lugar en castillo, cueva o cabaret, tenga a la mano tres materiales: papel celofán para llenar de moños el salón, hielo para esculpir figuras de distinta índole –desde el clásico cisne hasta el nombre completo de la cumpleañera–, e Icopor para fabricar el receptáculo donde serán introducidos los regalos. Por “receptáculo” debe entenderse cualquier contenedor que simule o un pozo encantado o un baúl de los recuerdos o el tesoro al final del arcoirirs.
Además de estar repletos de chicos que huelen a colonia de tío, los
quinceañeros están llenos de metáforas como el clásico cambio de
zapatilla.
5. La invitación: Dios está en los pequeños detalles
En una celebración que exige tal nivel de sincronía, resultaría terrible dejar de lado un detalle que a simple vista parece nimio pero que, en realidad, es importantísimo: la invitación. Acá, lo importante es causar alto impacto siendo muy original y refinado y creativo. Teniendo eso en cuenta, pues, las aplicaciones recomendadas son: pergamino dentro de cofre, mapa del tesoro, pañuelo perfumado de doncella; para cumpleañeras más modernas, basta una video-invitación en DVD. Y si nada de esto funciona, basta una tarjeta en fino papel Kimberly, sellada con un moño, y decorada, en relieve, con las iniciales de la cumpleañera.
6. El banquete: El gran dilema
La comida es un tema delicado, pues siempre enfrenta a los padres con sus retoños. Las madres y las tías lucharán para que en la fiesta se sirvan platos con nombre francés tipo filet mignon, acompañados, por supuesto, de su debida papa al vapor, mientras que la quinceañera, indignada, exigirá una fuente gigante de chocolate que bañe generosas porciones de fresas y malvaviscos. O hamburguesas y papas fritas. Entonces, lo usual: habrá peleas, rasguños y lágrimas, y al final, las madres cederán y buscarán un punto medio como pollo relleno, plato que, por supuesto, nadie se comerá. ¿Solución? No sirva nada. En la invitación, ponga, en letra clara: “Favor venir bien comiditos”.
7. El chambelán: En busca de Romeo
¿Qué sería de una princesa sin su príncipe azul? Pues bueno, para responder esta pregunta, estas celebraciones suelen contar con la figura del chambelán. Casi siempre es el noviecito de la quinceañera: un desgarbado monigote lleno de acné al que el smoking le queda tres tallas más grande, o más chico, que no sabe bailar el vals y que posa incómodo al lado del papá de la agasajada. ¡Qué cosa! Tal vez, hartas de este figurín, las jovencitas más modernas han decidido hacer casting para el puesto, como si se tratara de Mr. Teen Universe. Y no es mala idea. Con el objeto de elegir a la más digna compañía para la niña, ayúdela en esta difícil misión. Y que el criterio de selección sea genético, pues uno nunca sabe lo que puede pasar en los after-parties de estas ceremonias infantiles.
8. La corte: Blancanieves y sus siete enanitos
Después de escoger a su gentilhombre, la quinceañera deberá proceder a elegir su corte; es decir, a siete caballeros y siete señoritas que, junto a ella, sumarán quince personas que entrarán triunfalmente a la fiesta para bailar el vals como cisnes. Este es un proceso delicado, pues si bien ninguno podrá ser más agraciado que la protagonista, tampoco se pueden permitir marionetas sin la chispa que la escena necesita. Por demás, en estos tiempos la corte no se presta sólo para bailar el vals, sino que también suele involucrarse en ridículas coreografías, por lo que usted debe estar preparado para hacer audiciones, coordinar horarios de práctica y por supuesto, escoger la rutina menos lasciva. Ni Like a virgin de Madonna ni La Loba de Shakira.
9. El vals: ¿Qué diría Strauss?
Tal vez por su elegancia, o más bien por nuestro arribismo, el vals se ha convertido en el baile insigne de los quinceañeros; sin embargo, ya que las tradiciones evolucionan, últimamente este ritual ha sido tildado de “poco fashion” por las generaciones nuevas, que han preferido amenizar el clímax de su adolescencia con himnos más modernos, como en Puerto Rico, donde han cambiado a Strauss por Chayanne con su “Tiempo de Vals” o, en el peor de los casos, por alguna obscenidad reggaetonera. Pero nada de tonterías. Se baila Strauss y punto, como lo dicta la regla. Y a la que no le guste, pues no hay fiesta.
10. El ritual: El cambio de zapatilla
Además de estar repletas de chicos que huelen a colonia de tío, las fiestas de quince están llenas de metáforas como esta. Atención, pues funciona de la siguiente manera: en medio de la fiesta se apagará todas las luces. De repente, la homenajeada hará su aparición en escena. Iluminada por el clásico spotlight, esta deberá bajar una escalera y luego dirigirse al centro del salón, donde estará su padre, quien a continuación, orgulloso, le tomará el piecito para cambiarle su calzado de niña por un calzado de adulta: un precioso tacón que tomará de una almohadilla de terciopelo y/o seda. La quinceañera promedio optará por llevar a cabo este protocolo en el lugar en donde pasó toda su infancia: en un columpio. Y allí, mientras se mece al ritmo de la música incidental, saldrá del capullo para hacerse, por fin, mujer. ¡Qué belleza!
11. La mini -tk : Peren muchachitas , peren
Si antes lo “in” era contratar una orquesta para que tocara los mejores temas de La sonora matancera o El negrito del Batey, ahora la clave está en contratar una miniTK. Todas ofrecen más o menos lo mismo, por lo que contratar esta o aquella da igual. Como lo importante es la selección musical y el buen ambiente, entonces: uno, asegúrese de prohibirle a su DJ la reproducción de hits pecaminosos tipo “Noche de sexo”; dos, mejor dicho: impídale poner cualquier canción de reggaetón; tres, pídale que, durante la tanda de pogo, ponga la canción más punk de toda la historia de Latinoamérica: “Me vale” de Maná; cuatro, dígale que suave con el “strober” y duro con la máquina de humo; y cinco, bajo ninguna circunstancia permita que diga frases como “¿Y dónde está mi gente?”
12. La serenata: Canciones para mi niña bonita
En algunos lugares se acostumbra dar una serenata a la quinceañera. En ciertos países andinos se usan las tunas. Para quienes no saben lo que esto es, vale decir que son una especie de boyband ecuestre cuyos miembros usan capas y tienen complejo de españolotes. Y cantan. Hay quienes se sienten incómodos con estos saltimbanquis de pantalón bombacho y prefieren a los tradicionales mariachis o a un conjunto vallenato. Esto también es recomendable. Lo importante es mantener el acto musical excitante, por lo que no sobra tener litros y más litros de alcohol a la mano, pues si hay algo está largamente demostrado, es que mientras más borracho el conjunto, más emotiva la pachanga.
13. El control: Alcohol Test
Fiesta de quince que se respete incluye uno que otro prepúber borracho; ahora, como este tipo de invitados indeseables, pero necesarios, pueden echarlo todo a perder, siempre es bueno tomar control de la situación antes de que lo haga la policía del condado. Entonces, para evitar que algún joven díscolo vomite sobre el vestido de la homenajeada, o algo mucho peor, siempre ves bueno disponer en la entrada de un grupo de bouncers –compuesto, idealmente, por los primos y tíos de la quinceañera– para que requise, y a fondo, a todos los preadolescentes invitados a la recepción. Sustancia hallada será decomisada. Sin derecho a devolución.
14. Los regalos: Lluvia de sobres
Los expertos en etiqueta y glamour coinciden en que la “lluvia de sobres” es de pésimo gusto y que quienes lo hacen –y más en un quinceañero– son unos ordinarios; sin embargo, en estas locas épocas se ha asentado esta tradición entre las muchachitas, quienes ahora no solo exprimen el capital de sus padres el de todo su círculo social, con el objeto de conseguir unos fonditos para costearse, a lo mejor, una que otra cirugía plástica. Y esto está muy mal. El fondo monetario, por lo tanto, deberá hacerse a nombre de la familia. Seguro ellos sí sabrán administrar esa platica para invertirla en el futuro de su niña. O para pagar esta fiestita, por ejemplo, que a estas alturas ya les está saliendo como costosita.









