Por Gregorio Matamoros

Frente a las cámaras, algunos de nuestros mandatarios, especialmente tres, han demostrado un talento extraordinario para el papelón. Gracias a elos disfrutamos –temporada tras temporada – de nuestra telenovela favorita : la política.

STONED

A mediados de septiembre, y de manera sorpresiva,Hugo Chávez decidió aterrizar en Venecia. Venía de  conmemorar los 40 años de vida en el poder del dictador libio Muammar Gadafi y de firmar un acuerdo de cooperación para desarrollar energía nuclear con los iraníes, y se dirigía a Rusia, donde prometería gastarse dos mil dólares en algunos souvenirs: 92 tanques y quién sabe cuántos misiles antiaéreos. Estaba de paso. Su amigo, el director Oliver Stone, estrenaba en el Festival de Cine de Venecia el documental South Of The Border: su defensa personal de la nueva izquierda latinoamericana. El coronel, entonces, llegaba a la ciudad para la proyección.

En la alfombra roja, Stone y Chávez sonrieron, dieron autógrafos, posaron para el flash, como ya lo habían hecho veinte meses atrás, en la víspera de año nuevo de 2007. En aquella ocasión se habían paseado por la pista de aterrizaje del aeropuerto Vanguardia, de Villavicencio, a orillas de la selva colombiana. Habían llegado a recoger a tres secuestrados por las FARC –entre estos, un niño nacido en el secuestro, como para reforzar el libreto– cuya liberación había sido prometida siempre y cuando fuese en manos del mandatario venezolano.

Sabrá Dios si aquella vez Stone traía en el jet presidencial su equipo cinematográfico. Pero esa tarde, tras ser protagonista del show en todas las pantallas de una Colombia dolida y ansiosa, se quedó sin qué grabar. La guerrilla, esa vieja izquierda latinoamericana, no devolvió a los cautivos.

"DEJE A LA DEMOCRACIA TRANQUILITA"

El presidente de Colombia es criador de caballos, ganadero, hacendado y poeta. En ferias y consejos comunitarios se le ha visto explorar con placer sus dotes, declamando versos de su natal Antioquia y estrofas enteras de Pablo Neruda. Pero eso no es nada. El presidente de Colombia también se acerca, o al menos le tiene gustillo, al ejercicio del periodismo –no del liberal, claro, pero al fin periodismo–. Ya los colombianos lo han visto entrevistando a ex secuestrados en jornadas que, transmitidas en vivo y en directo por cadena nacional, duran horas y horas, como sucedió con Ingrid Betancourt, rescatada en la hollywoodense Operación Jaque.

Al mandatario, sin embargo, le gusta menos estar del otro lado. Se le nota incómodo sentado frente a un periodista –peor si es un extranjero con preguntas incisivas– y en ocasiones, le es simplemente imposible ocultar su malestar. “Presidente”, le preguntó hace unos meses en Roma un comunicador de la BBC, “¿usted quiere ser presidente de Colombia cuatro años más?”. “Otra pregunta amigo, otra pregunta”, respondió el poeta, desorientando la mirada y desencajando la quijada, con el show saliéndosele de las manos. “Estudie la historia de su país", cerró enfurecido, "y deje la democracia colombiana tranquilita”

LAURA EN AMÉRICA (PERO NO EN EL ECUADOR)


Si a Álvaro Uribe le gusta recitar, Hugo Chávez y Rafael Correa son cantantes amateur. Y sobre todo de nueva trova. Para la historia quedará un conmovedor y desatinado dueto que hicieron ambos señores, al lado del padre –¿cuántas veces padre?– Fernando Lugo, en Brasil, durante el Foro Social Mundial, en el que cantaron a pulmón herido el “Hasta siempre, comandante” de Carlos Puebla, abrazados a la hija del Che Guevara.

Chávez canta como un romántico consumado. A sus hordas rojas les ha dedicado varias veces el “volver, volver, volver”, produciendo tanto hervor como el mismísimo Vicente Fernández. Correa, en cambio, parece ser menos musical cuando no está acompañando de su amigo. De hecho, en casa, al economista ecuatoriano no le gustan los espectáculos ajenos. Y mucho menos si se trata de competir por la audiencia popular, esa de la cual nuestros caudillos andinos parecen alimentarse vitalmente. Por eso, quizás, arremetió contra el programa de la peruana Laura Bozzo, esa pionera en descubrir que al público latinoamericano hay que darle lo que quiere: la espectacularización de su propia miseria.

Y entonces ordenó Correa en su programa de los sábados: “Ahora mismo me quitan esa porquería del aire”.

LA FERIA DEL PODER


Se le menciona mucho a Roosvelt, por estos días, en Sudamérica. Y no precisamente por sus dotes mediáticas, sino por haber logrado ser el único presidente en un país tan pero tan democrático en ser elegido cuatro veces seguidas. La idea les gusta a nuestros queridos presidentes en los Andes, donde además se han vuelto expertos en reproducir la fórmula de tele-dramatizar la política y hacerle show a sus súbditos. En Venezuela, Aló Presidente, en Colombia, los consejos comunitarios, y en Ecuador, el ya tradicional programa sabatino de Rafael Correa, se han convertido en el dramatizado más largo de la televisión latinoamericana, pero también una tribuna inigualable en la que los caudillos se meten –para nunca salir– de los hogares de los ciudadanos. Calcula Enrique Krauze, director de la revista Letras Libres de México, que durante sus primeros ocho años de gobierno Chávez habló “en cadena nacional de radio y televisión, sin posibilidad de que se viera otro mensaje en el espectro radioeléctrico venezolano, 31 das, dos horas, 29 minutos y 44 segundos”. Uribe, entre tanto, en sus siete años, ha realizado 247 consejos comunitarios, cada uno con un promedio de duración de ocho horas, lo cual equivale a 82 días de show ininterrumpido por la cadena estatal del país.

De vez en vez, más Chávez que Uribe, hay que aceptarlo, lanza uno que otro insulto contra su vecino de al lado, estilo que ha copiado Correa, quien últimamente utiliza su programa como corneta para vociferar contra el colombiano. Tal vez ellos y sus fieles libretistas creen que con eso se le sube el rating al show.

Como si eso lo hiciera mejor.


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