Por: Lali Kazás

Cuba se levantó de golpe como ella tiene la costumbre de hacerlo esa mañana del 19 de septiembre. Sonrió al cielo con esas curvas tabaqueras y esa sonrisa de caña. Desde el avión que aterrizaba veía ese verde pinareño lleno de esa humedad que mi padre busca día tras día sin encontrarla en sus matas de mango en Miami. Estaba nerviosa, no lo niego. Hacía ya casi cinco años que ni me asomaba por un recorte de periódico que la mencionara. La primera y última vez que lo había hecho me había dejado lo suficientemente dañada como para volver a pedir otra dosis. Es más, tanto tiempo alejada de ella me había convencido que no me quedaban más vínculos allí.

Eso pensaba.

El avión venía lleno de “pe a pa”, como dicen. Gracias al levantamiento de restricciones de Obama, algunos tripulantes eran viajeros frecuentes, mientras que a otros se les salían las lágrimas de los ojos porque hacía más de 40 y tantos que no regresaban. Desembarqué por la puerta trasera del avión, y después de bajar la escalinata fui consumida por el calor tropical. Mientras caminaba hacia el puesto de inmigración, embelesada, me dejé llevar por el furor de esa tierra, por sus tonos sepias y por las voces que rebotaban con ese canto y rapidez característica de una isla que late a su propia velocidad.

“¿Profesión?”, me preguntó una agente, sacándome del estupor en el que estaba.

“Estudiante,” le mentí.

Y entonces comprendí que había llegado a La Habana.

Ese fin de semana, dos noticias habían acaparado la atención de la prensa internacional: la primera, la posible “desaparición” del papel sanitario en la isla, anunciada por el gobierno, y la segunda, el concierto Paz Sin Fronteras, promovido por el colombiano Juanes, que se celebraría el día siguiente en plena Plaza de la Revolución.

“¿Viniste al concierto?”, me preguntó el taxista que me recogió en el aeropuerto.

Conducía un pequeño Lada color berenjena.

“No”, mentí de nuevo, mientras miraba por la ventana.

La Habana parece una ciudad atascada en el tiempo, con achaques hermosos, pero a fin de cuentas achaques, restaurada apenas en pocos lugares frecuentados por los turistas. Todas las esquinas son como obras de Wilfredo Lam, cada cuneta con su propia espada de Kiriwina, cada rincón con su justa mezcolanza de vanguardia europea con rumor afrocubano.

El sabor criollo, que llaman.

En el trayecto hasta mi destino atravesamos Boyeros, esa pequeña municipalidad que, creada en 1976, amalgamó el pueblo de Santiago de Las Vegas en la parte suroeste de la ciudad, y pasamos por Ciudad Deportiva hasta llegar a la Quinta Avenida, frente a la antigua embajada soviética, un mamotreto gris semivacío que más parece un tanque de Guerra victoriano, antes de llegar a la casa donde me iba a alojar en el barrio de El Vedado. Quedaba en la calle C. Al acercarme, me recibió mi anfitrión, un hombre alto, trigueño y de ojos como el ámbar llamado Rolando. Un cubano como muchos, que un día se levantaba maldiciendo la revolución y suplicando la invasión imperialista, y al otro aplaudiendo a Fidel e injuriando a los yanquis.

“Un supervivencionista”, como les llama mi padre.

Los paseos y avenidas más importantes de la ciudad ya se adecuaban para la ocasión. La Universidad de la Habana ya había mandado recordatorios a sus estudiantes. Decenas de guaguas llegaban de todas las provincias de la isla.

La gente estaba expectante.

Nadie dijo nada de la supuesta regulación oficial que permitiría a los correos cubanos brindar acceso a Internet. Menos de las conversaciones entre Estados Unidos y Cuba para restablecer el correo directo. Durante ese fin de semana, en la isla solo se pensaba en una cosa: en el concierto de Juanes. Esa noche, mi amigo Saúl, un bibliotecario apasionado que se dedica a archivar, digitalizar y documentar la vida de un centro comunitario en la misma Habana, me juró y me perjuró que no iría a “pasar calor y trabajo en el concierto de ese tal Juanes”; sin embargo, a eso del mediodía del domingo me llamó a la casa.

Llegó a la una y media de la tarde para que camináramos juntos hacia la plaza. Subimos por la C hasta llegar a la calle Paseo. Al principio, estábamos solos, pero luego nos fuimos juntando a los demás caminantes, que cada vez sumaban más y más. Saúl me comentó que la gente venía llegando desde la madrugada. Que si no nos apurábamos, íbamos a terminar viendo el concierto desde “casa de las quimabambas”.

La gente marchaba en silencio, bajo una reverencia absoluta, como musulmanes peregrinando hacia La Meca. Toda Cuba estaba allí representada. Familias enteras. Amigos en cuadrilla. Uno que otro anciano a golpe de bastón. Hasta los punks que normalmente desaparecen durante las celebraciones del primero de mayo.

Se escuchaba hasta el más tímido latido.

Cuando por fin llegamos a la plaza, la cantidad de gente era abrumadora. La desbordaba. Por donde quiera que se mirara las personas se multiplicaban como peces, hacia lo infinito, como un cielo al revés, como una gran nube que se había tomado el suelo por asalto.

La multitud se sentía en las entrañas.

El silencio dejó de serlo cuando Olga Tañón salió al escenario. Entonces miré hacia atrás, hacia adelante, hacia los lados. La gente bailaba y gritaba y gozaba con alegría primitiva, infantil, espontánea. Me viré hacia Saúl y le dije: “Nunca imaginé que esto fuera a ser así”.

“Y entonces, ¿qué esperabas?”, me replicó.

Y yo no atiné a responder nada.

Sobre el concierto.

¿Qué decir?

Es justo decir que la realidad no se vive como la cuentan los libros de historia, ni mucho menos como lo muestran las cámaras. Es justo decir, también, que La Habana no se vive desde Miami, así como el mundo no se vive desde La Habana. Yo estuve ahí ese domingo 20 de septiembre. Yo me unté de un sudor que no es culpable de nada. Y por eso, puedo decir con justicia que, esa tarde, Cuba tuvo la posibilidad de soñar algo distinto.

Esa tarde, el pueblo de Cuba pudo verse mañana.

Parada ahí, bajo el sol ardiente, lo sentí. Lo sentí en mi piel cuando Juanes y Bosé interpretaron el tema Nada particular. Lo sentí en mi espina dorsal, de arriba a abajo, cuando cantaron “dame una isla en el medio del mar, llámala Libertad, dime que el viento no la hundirá”. Lo sentí en mi garganta cuando un millón de personas se silenciaron al escuchar esas palabras. Resultaba escalofriante sentir que todos estábamos respirando el mismo aire. Allí, en ese momento, bajo el mismo sol de mediodía, Cuba fue un solo pueblo: la marejada de personas que asistieron al concierto, los 10 millones que lo vieron por televisión en la isla, y todos los cubanos que, desde el exilio, volvieron a ese paraíso del que fueron expulsados. Por primera vez, todos, al tiempo, escucharon un solo mensaje.

Y entonces Cuba fue una sola, y fue de ella misma.

Hasta que cayó, de nuevo, la tarde.

La noche antes de marcharme, fui a visitar a mi amiga Yoani Sánchez. Una joven filóloga que se ha hecho famosa en el mundo por su blog Generación Y, en el cual comenta sobre la cotidianidad habanera con un espíritu crítico que solo podría ser descrito como valiente. Si bien el gobierno la considera una voz disidente, ella se define como algo más poderoso: “una voz ciudadana”.

Después de subir catorce pisos, llegué a su casa a eso de las 10:30 de la noche. Me recibió su esposo Reinaldo mientras ella ayudaba a su hijo a terminar las tareas. Hasta ese día, no había podido hablarle (su teléfono, curiosamente, había sido desconectado).

Estuvimos charlando un par de horas y me contó lo de siempre: de cómo unos intentan hablar y de cómo otros intentan acallarlos. Respecto a lo ocurrido esa tarde, me comentó, casi en las mismas palabras, lo que días después aparecería publicado en su blog: “Mañana amanecerá como cada lunes. El peso convertible seguirá por las nubes, Adolfo y sus colegas tendrán otro día tras las rejas en la prisión de Canaleta, mi hijo escuchará en la escuela que el socialismo es la única opción para el país y en los aeropuertos nos seguirán pidiendo un permiso para salir de la Isla”.

Al día siguiente, regresé a Miami.

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