Por: Gregorio Matamoros

El reverso de cuatro de las más célebres salidas de un mandatario que, gústenos o no, le ha cambiado el rostro al Sur. 10 años de Chávez.

“Juro por Cristo, el más grande socialista de la historia:
Patria, socialismo o muerte”.
Chávez, durante su tercera posesión, el 10 de enero de 2007.

Chávez renunció a finales de 2003. Fue una despedida sencilla, transmitida en vivo y en directo a través de su programa Aló Presidente. Resulta fácil recordarlo: vestido con una camisa roja –o acaso un chaquetón militar verde–, mostrando ese semblante de mulato rozagante que tiene enamorado a un poco menos de la mitad de la población de Venezuela.
“Me voy, he decidido adelantar el 2021”, dijo aquel día con gravedad, mirando fijamente a la cámara. “Este Aló Presidente es para despedirme de todos y de todas... Chao pescao…”, concluyó el bolivariano.
El anuncio debió estremecer a más de uno. Hacía casi dos años que un intento de golpe militar –frustrado, por demás– le había dado la ilusión a miles de antichavistas de que se podrían liberar de quien, en poco tiempo, se había convertido en su peor pesadilla...
¿Ahora Chávez se iba por su propia cuenta?
“No”, respondió entonces ese 28 de diciembre, tras varios minutos de suspenso. “Eso fue el día de los inocentes, que es el día de hoy”.

“Hace falta más de un rey para callar a Chávez”.
Adolfo Pérez Esquivel, Premio Nobel de Paz,
acerca del famoso ‘¿Por qué no te callas?’, del Rey Juan Carlos de España.

Cuentan que doña Elena, la elegante y por lo general ataviada madre del Teniente Coronel, tiene una intensa afición por los loros. Lo descubrió un periodista argentino que hace unos meses se fue de paseo por Barinas, el estado donde nació Chávez.

Doña Elena reparte su tiempo entre la Fundación del Niño en Barinas, adonde asiste como Primera Dama del Estado, y la residencia de la Gobernación, en donde habita su cohorte de loros, a los cuales, después de años de rigurosa enseñanza, ha logrado poner a decir al unísono: “¡Chávez!”, “¡Chávez!”.

Resulta inevitable imaginar a esos loritos revolotear por la casona gritando vivas a la revolución, y no pensar al tiempo en su líder, tan parlanchín como las mascotas de su señora madre, siempre casando peleas por el mundo como si fuera de safari diplomático. Chávez no lo oculta, lo refuerza, y va riéndose por la vida porque en el fondo sabe que la cosa no es tan en serio: que el Rey Juan Carlos de España, en realidad, tenía razón para callarlo aquél día en Chile. Pero qué divertido fue. Y qué divertido fue decirle en la cara al monarca que nunca antes un indígena –refiriéndose a Evo Morales– y su conquistador se habían visto para medir sus fuerzas en condiciones tan iguales.

“Ayer estuvo el Diablo aquí, huele a azufre todavía”.
Chávez, al referirse a George W. Bush
ante la Asamblea General de Naciones Unidas.

A finales de 2007 y como ya era tradición en una emisora radial venezolana, la conocida astróloga Adriana Azzi hizo el análisis de lo que traería el nuevo año. Al poco tiempo de la emisión, sin embargo, el programa fue cerrado.

Hoy día, un complejo laberinto de intrigas recorre la red, afirmando y negando las razones por las cuales la señorita Azzi se vio forzada –si es que lo hizo– a hacerse a la sombra de los medios de comunicación. Algunos afirman que fue por culpa del buen tiempo que se gastó, aquél día de finales de año, explicando por qué Chávez era el anticristo, con prueba en mano –nada menos que las Profecías de Nostradamus–.

Pero igual o más gracioso lo de Chávez, meses atrás, frente a la Asamblea General de las Naciones Unidas, cuando desenmascaró al entonces presidente de Estados Unidos, afirmando que ese mal olor que corría por la plenaria no era otro que el del mismísimo Diablo.

"No soy monedita de oro pa' caerle bien a todos,
pero yo creo que algunos me quieren".
Chávez, tras el incidente con el Rey Juan Carlos.

No es mentira. El perfil sicológico de Chávez causa una atracción tan hipnótica que no son pocos los que se lanzan a desentrañarlo.

Dicen que por ahí anda rondando un presunto manuscrito suyo, con una letra horrorosa, sobre la cual un grafólogo ha realizado el siguiente inventario: más mental que afectivo, decisión con imposición, tenacidad y terquedad, energía, poca tolerancia, irritabilidad y propensión al autoritarismo.

El psiquiatra Eloy Silvio Pomenta, por otro lado, lo categoriza como “narcisista”, ubicable “en el nivel más bajo de las personalidades primitivas”; es decir, dado a la grandiosidad, al exhibicionismo y a la omnipotencia, pero también a la fragilidad y a la envidia. Como si fuera poco, concluye que es incapaz de amar.

En septiembre de 2001, el cronista de la revista The New Yorker, John Lee Anderson, tituló un perfil del mandatario con una sentencia tan paradójica como desatinada: “El presidente de Venezuela tiene una visión y Washington un dolor de cabeza”. En su artículo, el periodista se pasea por el consultorio del doctor Edmundo Chirinos, psiquiatra del mandatario, pues como todos, también quiere saber qué esconde la mente de un hombre capaz de generar tanta esperanza y tanto odio, tanta angustia y tanto entusiasmo. Tras un largo inventario que con sorpresa se parece cantidades a las apreciaciones del grafógrafo anónimo y el psiquiatra Pomenta, el doctor pone al descubierto la mente de su paciente con una frase que, astutamente, resume el destino de Venezuela: “entender a Chávez solo se puede lograr uniendo los reproches de sus adversarios y la idolatría de sus seguidores”.


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