Por Josefina Andújar
Porque la noche en la ciudad no se agota en un corito de Will Smith, bienvenido al Lado B de Miami.
Sube el telón.
Mr. X se apea de su Hummer limo frente al nightclub de moda. Uniformado de pies a cabeza con Gucci, desfila ante la hilera proverbial de Barbies, desliza un billete en la mano del bouncer y pasa a su VIP lounge. Allí, luce sonriente, conforme con el privilegio de pagar una ridícula suma por una botella de vodka y envolverse en un remolino de charla inconsecuente, música desechable y sórdido intercambio de tarjetas profesionales.
Cae el telón.
Esta escena, auspiciada por hoteles y locales de Miami Beach, se repite cada noche, a la misma hora y por el mismo aburridísimo canal. Hace más de una década que la frase “Welcome to Miami” se confunde con un cuadro en el que sólo caben yates y supercars, nightclubs clonados, Gianni Versace, el bling, el flash, el músculo y la prótesis y los sujetos X.
(Y Chayanne).
Afortunadamente, no todo es un cliché de champagne orgies con modelitos brasileras. En las márgenes de este paisaje –y quizás precisamente por el mismo– la ciudad ha buscado la forma de reinventarse y evolucionar hacia otros horizontes, cultivando en el camino una escena nocturna a prueba de falsas burbujas: más alternativa y menos plástica.
Y tan auténtica como fascinante.
Como primer síntoma de este antídoto cultural está la proliferación de la música independiente. Así es. La capital del “Baby, do that Conga”, que vivió la gloria –y más tarde el derrumbe– de los grandes emporios disqueros, hoy nos trae una oferta de bandas, clubes y sellos que poco tienen que ver con los “talentos” manufacturados por Scott Torch y similares. Grupos y artistas como Ex Norwegian, Radioboxer, Miami Bass Warriors, Awesome New Republic, Palenke Soultribe, Afrobeta, Nil Lara, Spam Allstars y TM Sisters han desatado una ola indie que se deja sentir tanto en el panorama local como en escenarios lejos del código de área 305. La propagación de grupos como éstos es un fenómeno imparable que celebra, en últimas, la diversidad cultural de Miami.
Dentro de este panorama, artistas como José el Rey, que junto al genio del breakcore Otto Von Schirach compone los Miami Bass Warriors, son ya figuras míticas. Aparte de su estampa de “cubanazo” –pecho poblado, frondoso bigote, vestuario a la Miami Vice y cadena de oro– este showman es famoso por su particular espectáculo: un coctel de freestyle aderezado con degustaciones en vivo de Materva con pan y lechón, bailarinas en booty shorts y una escenografía de Quinceañera.
Pero también hay actos que se alejan del meneo tropical que a algunos tanto marea. Ex Norwegian –cuyos miembros son latinos– irrumpió en la escena con una fórmula que incorpora powerpop, rock clásico e indie. La banda Modernage contribuye con una mística tipo Interpol, mientras Palenke Soultribe le apuesta a ritmos sensuales e intoxicantemente colombianos con instrumentos auténticos, en un experimento de sonido que vale la pena apreciar. Afrobeta es otro de los grupos que está ganando adeptos gracias a su explosiva fusión de ritmos cubanos y electrofunk, mientras que las presentaciones teatrales de Radioboxer son ya legendarias. En cuanto a actos como las TM Sisters y Le Spam Allstars, tienen bien merecida su fama internacional.
Del subsuelo miamense han brotado artistas únicos, y aunque algunos han alcanzado el éxito comercial como Miami Bass Warriors y Nil Lara, muchos continúan por su cuenta o apoyados por sellos independientes como Radioactive y Dying Van Gogh Records de los que nunca ha escuchado hablar Emilio Estefan. Aquí, la experimentación, el dramatismo y los elementos caseros están la orden del día, y el resultado es una música menos cruda que fresca, pegajosa y delirante, que se materializa en vivo en presentaciones de altísimo voltaje.
Como Yang de este Ying creativo llega el sonido del underground, la fiesta clandestina, casi secreta, en lugares como los almacenes de Overtown. El barranquillero Mansur Arévalo, cofundador del movimiento PL0T y un insider de la electrónica alternativa, ha estado en el lado bueno de esta tendencia. “Miami siempre había tenido la imagen de ser una ciudad de megaclubes… Esta escena comercial persistió por tanto tiempo que la gente se cansó de eso… del door scene, del VIP,” dice. “Ahora está buscando algo más íntimo. Nosotros somos completamente anti South Beach”. Y es así que, de la mano de su colectivo, DJ’s vanguardistas, locales e importados como Ryan Elliot, Lee Curtiss, Alejandro Sab, Basti y hasta él mismo, visten con sus beats más exquisitos los rincones más insospechados de Miami, como haría también el combo de Spiderpussy, que, al mejor estilo gitano, muda sus dance parties a un lugar distinto cada semana. Otros colectivos locales del desorden a los que hay que seguirle la pista son SAFE, Poplife y Aquabooty.
Por supuesto que no habrían artistas sin escenarios. Y entonces toca mencionar al indiscutido templo del alt crowd: The Vagabond. Apodado “The Vag”, este bar se ha convertido en el lugar ideal para disfrutar de las noches más hip en una ciudad del sol a la que no le viene nada mal algo de sombra, un poco de Jack Daniels y una atmósfera a la Jack Kerouac. A su lado, PS14 atrae a noctámbulos bohemios con su nostalgia punk y su decoración retro reciclada, mientras que, en Downtown, The White Room es otro hangout obligatorio, ideal para entregarse sin concesiones a la pista de baile.
Conocida como la barra más antigua de Miami –su historia se remonta a los tiempos de la Prohibición– Tobacco Road es un definitivo oldie but goodie. Un lugar con atmósfera y carácter, donde las noches se rompen al ritmo de una que otra poesía en vivo, un monólogo delirante, una buena tanda de blues, una presentación de un grupo de reggae o rock clásico o un estupendo especial de cervezas a 96 centavos. En cuanto a sus hamburguesas… yummi. Más al norte vale la pena detenerse en Electric Pickle, en el antiguo Circa 28: su primer piso es un lounge con sofás de cuero y una sensual iluminación escarlata, mientras que arriba es un paraíso retro-mod: bandas y DJ’s en vivo están a la orden de una de las noches más excitantes de este dark side of Miami. Y para rematar, ¿quién esperaba encontrarse un pub inglés en medio de Little Haiti? Nadie. Sin embargo, existe. Se llama Churchill’s Pub y es un irresistible rincón anglófilo dedicado al mejor rock de aquel lado del mundo, donde también hay espacio para bandas e, incluso, de vez en cuando, el micrófono está abierto para aficionados.
Ya lo sabes. Si la ausencia de los logos de Prada te provoca taquicardia y la falta de trato VIP te causa disfunción sexual, puede que este no sea tu scene. Para los demás, el ambiente indie y alternativo de Miami es perfecto para romper noche y quitarse el uniforme, sacar la barriga y perderse felizmente en una experiencia… anti-Will Smith.








