LEVEL LETRAS

Por Matías Godoy

Para esquivar la ira de un proxeneta furioso y dos policías corruptos bajo la forma de pistolas bien apuntadas a sus cabezas, salieron huyendo de Ciudad de México, enlatados en un Chevrolet Impala, tres poetas y una puta. Tres poetas pobres y anónimos, para ser más exactos, y una puta pobre y muy poco célebre también. Caída la noche y bien adentrados en el campo, ya con la insegura certeza de no ser seguidos y aún con el motor del Impala a reventar, los tripulantes buscan un tema de discusión que les permita distraerse un poco. El poeta García Madero empieza por someter a sus colegas Ulises Lima y Arturo Belano, a modo de juego, a un quiz de términos poéticos y figuras retóricas:

–¿Qué es un tetrástico?
–Un sistema métrico de cuatro versos –dijo Belano.
–¿Y una síncopa?
–Ah, jijos –dijo Lima.
–No lo sé –dijo Belano–. ¿Algo asincopado?

Lupe, la puta, que nada sabe ni está interesada en saber de poesía, los reta con un quiz paralelo de jerga mexicana:

–A ver, sabelotodo, ¿sabes tú qué es un prix?
–Un toque de marihuana –dijo Belano sin volverse.
–¿Qué es un rufo? –dijo Lupe.
No le contestamos.
–Un carro –dijo Lupe y se rió.

Esta escena reconstruida hace parte de Los detectives salvajes, novela con la cual Roberto Bolaño dio el salto a la fama en 1998 y gracias a la cual resultó siendo uno de los escritores modernos más leídos de América Latina.

A juzgar por esta, se podría concluir que, ni el lenguaje sofisticado, ni los memorables episodios de vida humana, ni los solemnes protagonistas, ni mucho menos la pureza de los sentimientos, son el tema favorito de este escritor chileno, pero también mexicano. En efecto, lo mismo se puede decir, sin la menor pérdida de detalle, acerca de toda su obra.

Y entonces: ¿qué es lo que lo hace uno de los autores más leídos del continente?

Al contrario de Sábato, Bolaño no escribe sobre los demonios que habitan los subconcientes de gentes trastornadas; sus personajes no son, como los de Borges, templados de carácter y fuertes de voluntad y de ingenio –ya sean académicos teólogos o gauchos en decadencia–; sus relatos no exploran las posibilidades fantásticas de un mundo en apariencia gris, como en Cortázar. Bolaño escribe historias emocionantes, seguro, pero finalmente insignificantes, protagonizadas por personajes débiles e indecisos, mediocres o salvajes, como los mismos “detectives” Arturo Belano y Ulises Lima. En sus novelas y relatos los crímenes se resuelven por azar o quedan irresueltos, los poetas son malos o no escriben nunca, los policías son corruptos, los sabios son tramposos, los estudiantes son vagos, las putas son feas.

–Bien. ¿Qué es un zéjel?
–Carajo, no lo sé, qué igorante soy –dijo Belano.
–¿Y tú, Ulises?
–Me suena a árabe.
–¿Y tú, Lupe?
Lupe me miró y no dijo nada.

Además de esta novela, Bolaño escribió otras memorables como Amberes (2002), en la que un crímen a las afueras de Barcelona queda sin resolver y, de hecho, ni siquiera se sabe si efectivamente lo hubo; 2666 (2004, póstuma), en la que, siguiendo la pista de un olvidado escritor alemán, cuatro profesores de literatura terminan envueltos en una serie de crímenes de jóvenes mujeres; y Monsieur Pain (1999), la historia de un médico que descubre un plan de asesinato ritual de dimensiones mundiales mientras se encarga de librar del hipo a un sudamericano pobre.

Pero Bolaño también escribió volúmenes de relatos, como El gaucho insufrible (2003) y Putas asesinas (2001). Aquí, los cánones tradicionales del cuento se quebrantan hasta lo irreconocible, pues a Bolaño jamás le interesó rendir homenajes a la tradición literaria de Occidente, sobre todo a la académica; al contrario, Bolaño quiso que el lector experimentara de la manera más directa la fuerza vital y también letal de los latinoamericanos marginados, la tensión entre un continente visible, elegante y culto, según el estándar europeo, y uno oculto, hirviente y electrizado, pero también terriblemente desorientado: ese lugar en el que está la vida y, por ende, donde debe estar anclada la literatura.

Empezamos a salir del DF. Íbamos a más de ciento veinte por hora.
–¿Qué es una epanalepsis?
–Ni idea –oí que decían mis amigos.
El coche pasó por avenidas oscuras, barrios sin luz, calles en donde sólo había niños y mujeres. Luego volamos por barrios en donde aún celebraban el año nuevo. Belano y Lima miraban hacia delante, hacia el camino. Lupe tenía la cabeza pegada al cristal de la ventana. Me pareció que se había quedado dormida.

Como era de esperarse, estas historias bajas, sucias y pendencieras, en las que poetas –personajes tradicionalmente encargados de llegar a las más profundas reflexiones sobre la sociedad– emprenden fugas con putas por las autopistas que salen de Ciudad de México, le significaron avalanchas de insultos y afrentas por parte de los moralistas de la literatura; sin embargo, sus historias también le significaron reconocimientos varios –como el premio Rómulo Gallegos y el Herralde de Novela– a su esfuerzo monumental: narrar la vida en el mundo, especialmente, la vida en el mundo latinoamericano de finales del siglo XX, a través de tramas y personajes fascinantes.

Y esta es exactamente la razón por la cual, hoy, la gente no puede dejar de leer a Bolaño, pues su literatura no habla, como la de tantos otros escritores, acerca de cómo hubiera podido ser el mundo. Bolaño habla de cómo es el mundo –sin ser nunca un cronista, sino siempre un creador de ficciones–, y lo cuenta con la mirada no del hombre que le hubiera gustado llegar a ser –sabio, sano y mesurado– sino apenas con la del que alcanzó a ser en su corta y enferma vida: un hombre como todos: obsesivo y vulnerable. Por eso las ventas de sus libros suben cada día, a la par de las reediciones, reimpresiones, los estudios, artículos y suplementos literarios.

Parte de su fama, sin embargo, se debe no a su obra, sino al culto por su persona, mitificado notoriamente tras su prematura muerte. Bolaño nació en Santiago de Chile en 1953. A los 13 años se mudó a Ciudad de México con su familia, donde pasó largas y solitarias tardes escudriñando la biblioteca pública. A los 20 decidió volver a Chile con la idea de apoyar a Allende, pero acabó preso y milagrosamente liberado. Huyendo, pues, de la dictadura, terminó en Cataluña, donde trabajó de vendendor, vendimiador y celador de un camping en Castelldefels, trabajos en los que, aunque no le quedaba mucho tiempo para escribir, supo coleccionar decenas de historias y personajes para sus futuros relatos. Al poco tiempo regresó a México, donde fundó el movimiento infrarrealista de poesía con su mejor amigo, el poeta Mario Santiago –quien inspiró el personaje de Ulises Lima, compañero de andanzas de Arturo Belano, evidente alter-ego del autor en Los Detectives Salvajes–. En México empezó formalemente su carrera literaria, que habría de ser corta puesto que, en 2003, en un hospital de Barcelona, en lista de espera para un transplante de hígado, murió Bolaño, sin alcanzar a terminar su última novela, 2666, y dejando inconclusa una obra a la que, a juicio de muchos, aún le faltaban varias páginas de vida.

Y de muerte.

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