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Por Daniela Matiz Borda

En 1962, Joaquín Salvador Lavado fue contratado para crear una tira cómica que le hiciera publicidad a una marca de electrodomésticos llamada Mansfield. El requisito era uno solo: que el nombre del protagonista iniciara con la letra M.

Quino –como era conocido el dibujante– ya llevaba una intensa década dedicado al humor y a la crítica. Gráficamente parco, sin colores y con pocas palabras, jamás había tenido –ni volvería a tener– una tira que mantuviera personajes fijos, tan solo un estilo y un tono que le eran propios desde 1953, año en el que publicó su primera página de humor en el semanario argentino Esto es.

Con esto en mente, pues, Quino ideó ocho tiras que, sin embargo, jamás debutaron en el mundo de la publicidad, por lo que fueron archivadas. Sobreviviría, eso sí, la de un personaje que hacía mejor acosando a sus padres con preguntas imposibles y charlando con un globo terráqueo que promocionando licuadoras: una pequeña niña con un moño en la cabeza y un nombre que iniciaba con la letra M.

Dos años después, el 29 de septiembre del 64, dicha niña, Mafalda, se daría a conocer en Buenos Aires en el periódico semanal Primera Plana. Y aunque las primeras viñetas la mostraban sosteniendo la clásica conversación de “eres el mejor del mundo” con su padre, no sería sino hasta la cuarta que revelaría su carácter al afirmar, malhumorada, “Ya lo suponía”, luego de que él admitiera no ser la mejor de las figuras paternales.

Sería esta agudeza la cualidad que convertiría a Mafalda, más que en un célebre personaje cómico, en una voz que tomó el lugar de un amplio sector social, hundido en el silencio y el absurdo devenir de su plana cotidianidad, mientras los “grandes” jugaban, mal o mal, a hacer la Historia. De su boca, palabras como “democracia” y “libertad” cobrarían un nuevo sentido; uno que poco a poco habían perdido de tanto repetirse —y más en tiempos de Guerra Fría— en la frecuencia radial.

En una tira memorable, la niña de seis años toma las cremas de embellecer de su madre y las unta en un globo terráqueo. En otra, sentada frente a un plato de sopa —la comida que más odia—, piensa: “La sopa es a la niñez lo que el comunismo es a la democracia” —sabiendo, en el fondo, que, obligada por sus padres, igual se la deberá tomar; entonces también hace la analogía del plato con los regímenes militares del Cono Sur, con la misma perspicacia con la que bautiza a su mascota, una tortuga, con el nombre “Burocracia”.

Mafalda vive en Buenos Aires con su padre, un sencillo empleado de una aseguradora, su madre, una pianista retirada, ahora dedicada a cuidar el hogar, y su pequeño hermano Guille. Como cualquier hija de clase media, va a la escuela, en donde tiene un grupo de amiguitos, entre los cuales se destacan Felipe y Miguelito. El primero, inseguro, afirma que “hasta sus debilidades son más fuertes que él”, mientras que el segundo, inocente, tiene un abuelo admirador de Mussolini, quien en ocasiones suele hablar a través de él. También está Manolito, que cuando grande quiere ser como Rockefeller –“Se habla mucho de depositar confianza, pero nadie dice qué interés te pagan”, diría alguna vez–, Susanita, quien sueña con ser mujer –donde serlo es casarse y tener hijos, pues “El futuro perfecto del verbo amar es hijitos”–, y Libertad, cuyos ideales contrastan con su muy diminuto tamaño.

Cada quien en su rol, los personajes de Mafalda se ubican como fichas en un tablero que no es otro sino el mundo después de la Segunda Guerra Mundial. Entre todos, forman un complejo y a la vez básico entramado, plagado de inquietudes y opiniones, pasiones y razones, estereotipos y categorizaciones que, conciliables o no, le han dado forma a una de las tiras cómicas más exitosas de todas.

Aparte de las tiras impresas en Primera Plana y luego en el diario El Mundo, el éxito de Mafalda en Argentina pronto la catapultó a los libros. La primera publicación se hizo en diciembre de 1966 y, en menos de 48 horas, cinco mil ejemplares desaparecieron de los estantes. En 1969, ya era famosa en Italia, donde se imprimió su primer libro de historietas traducido. En los setenta saltó a la península ibérica, donde fue víctima de la censura franquista, que obligó a vender sus historietas solo para adultos. Arrasó en Portugal. Y mientras sus libros ya llegaban a siete, los periódicos más importantes de este lado del mundo la publicaban: desde Clarín en Argentina hasta El Universal en México, pasando por espacios regulares en páginas de Nicaragua, Colombia, Brasil y Uruguay.

En 1972, aparecería por primera vez en televisión, justo antes de publicarse su última tira, el 25 de junio de 1973. En esta, sin Susanita, todos sus amigos la escuchan despedirse. Ella dice que el director ha decidido dejar a sus lectores descansar con una condición: que ninguno se mude a otra tira cómica. Un adiós explícito de Quino, quien sintió que, yendo más allá, la relación de Mafalda con sus lectores podría llegar a desgastarse.

Pero la fama mundial de Mafalda apenas empezaba a sospecharse: en 1977, fue la protagonista de la campaña internacional de la Declaración de los Derechos del Niño, de la UNICEF. El mismo año, se inició una reimpresión de sus libros en México, y dos después, la primera edición de Mafalda en Francia, a color. En 1979, el productor Daniel Mallo realizó su largometraje, estrenado inicialmente en España bajo el nombre El mundo de Mafalda y luego en Latinoamérica como Mafalda: La película, una cinta que pronto sería traducida al francés y distribuida en Francia, Canadá, Luxemburgo y Bélgica. Para 1990, Mafalda había sido traducida a más de treinta idiomas, incluidas versiones no oficiales en chino.

Con su rostro en la pantalla chica y en la grande, en plazas públicas —en el barrio Colegiales de Buenos Aires queda la Plaza Mafalda— y hasta en estampillas —seriadas para el Correo de Argentina— Mafalda se convirtió en la expresión de una época. Sus reflexiones y las de sus amigos le midieron el puso a dictaduras, denunciaron guerras cercanas y lejanas y registraron, en últimas, los síntomas de un mundo frágil, habitado por una especie aún más frágil.

La nuestra.

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