LEVEL WHATEVER

Se dice que hay una medida, Phi, que determina la proporción en todas las cosas que componen la naturaleza; sin embargo, en nuestra propia fisonomía hay ciertos detalles que escapan a este principio y que, de hecho, lo confirman. Esto lo ratifica la historia del arte occidental, donde la expresividad de lo imperfecto cobra valor.
La escultura del mundo clásico se fija minuciosamente en distintos detalles del cuerpo y representa con cuidado sus nimiedades: el Laocoonte, elaborado en Roma, en el siglo I a.C., es una muestra de ello, una prueba del homenaje a lo salvaje, a nuestra brutalidad. Durante el Renacimiento, la concepción de la belleza humana, centrada desde antes bajo formas casi inamovibles, cambia su enfoque y empieza a reconocer que las imperfecciones podrían también hacer parte de los cánones que determinan y diferencian lo que es bello. El Nacimiento de Venus (1482), de Boticcelli, expresa la innovación en el juego con las formas y conceptos; allí, lo profano, lo peligroso, el cuerpo como elemento marchito y animal es también hermoso. El Bosco representa lo atractivo de nuestra fragilidad en El Jardín de las Delicias (1480-1490). ¿Y cómo dejar de lado la Lección de Anatomía (1623)de Rembrandt? Allí, el cuerpo aparece como objeto de estudio, como espacio desconocido, como ritual.
En el siglo XIX, la preocupación por la comprensión y representación de lo sublime lleva al hombre a reconocer en lo humano cierta gracia, un yo no sé qué –je ne sais quoi– escondido en sus contornos, sus siluetas, en sus ángulos y vacíos. Entonces aparecen Goya con sus monstruos, con sus dibujos de caras pálidas y aterrorizadas, Gauguin con sus mujeres tahitianas de raza fuerte y rasgos toscos… Y el siglo XX… ¡ah, el siglo XX! La geometría en los cuerpos de Picasso, lo exótico, lo provocador en la belleza de Salomé (1909)de Gustav Klimt, sus ojos rasgados, un cuello largo parecido al de Audrey Hepburn, la distorsión que tanto nos atrae, lo escuálido en la pintura gestual de Egon Schiele, las caras largas, los ojos tristes o enfurecidos, el cuerpo doliente…
Somos un rompecabezas exquisito. Podemos armar y desarmarnos a nuestro antojo, jugar con nosotros mismos y entender que hay fórmulas de éxito en muchas de las piezas que nos componen. Nuestros cuerpos pueden ser inventados en conjunto o por secciones a través innumerables formas como la pintura o la música, el cine, la publicidad y la moda. Hay quienes comprenden su cuerpo como un bien mueble y le imponen un valor de bolsa. Ben Turpin, actor estadounidense, aseguró sus ojos bizcos por veinte mil dólares.
Somos también negocio. Marcas como Benetton, Diesel y Calvin Klein no se cansan de retratar caras exóticas, dientes enormes, huesos salidos, cuerpos inquietos y sensuales y no convencionales en sus campañas publicitarias. Fotógrafos como el alemán Juergen Teller han experimentado hasta el hartazgo con las posibilidades que brinda nuestra corporalidad dentro del campo de la moda. Incluso la obra de Spencer Tunick, quien desde hace años retrata desnudos colectivos, explora con el desnudo público como forma de la protesta, de la recreación, de la libertad, del arte, conciente de que el cuerpo es, por sobre todas las cosas, una ficha trasgresora.
Dicen que las mujeres deben llevar el pelo largo. Y los hombres corto. Botero pinta gordos vacíos, humanos/globo. Jarabe de Palo le canta a “10 libras de piel y hueso, 40 kilos de salsa” y dice “Ahora que estás a un centímetro de mí, repaso tu cuerpo por si hay algo que no vi”, Aterciopelados nos recuerda la presencia de cierta esencia, que no somos solo carne. Hasta la salsa y el merengue nos recuerdan que como latinos tenemos algo llamado cadera. Y algo mucho mejor, llamado cola.
Somos seres que buscan reconocerse. Fieles retratos de la historia.
Pero volvamos al espejo.
A los espacios inmaculados, a los recursos que no se agotan.
Es encantador el relieve que forma la clavícula bajo el cuello. Ahora sube un poquito. Abre los ojos al dar un beso y encuéntrate con el ángulo que forma la mandíbula del otro, la suavidad de la piel, el juego de las formas. Admira también los lunares y las pecas que tanta gracia otorgan. Y hablando de gracia, piensa en una quijada como la de Sean Penn, la simpática marquita que la divide, la inocencia que le regala. Piensa en los ojos y en las arrugas que a sus costados se forman.
Significan que has estado riendo.
Ahora sonríe. Date cuenta de la actividad antagónica que ejercen los músculos risorio y buccinador –los que sostienen las mejillas– y recréate con esos juegos faciales que a veces devienen en hoyuelos. Otros huequitos que encantan son los que se ubican en la parte baja de la espalda; un error de diseño justificable en nuestros cuerpos: su existencia se debe al azar genético, a la inserción atípica de los músculos de la zona lumbar. Maravilla estructural: la espina iliaca antero-superior o huesitos de la cadera, relevancias todas que tienen un fin sensual: además de resultar muy atrayentes, por debajo de ellas pasa el nervio femorocutáneo, encargado de conducir la sensación de placer táctil.
Es decir, los escalofríos que recorren la nuca.
Fíjate en la importancia de la bíblica manzana de adán, dos láminas de cartílago que se pliegan para adornar el cuello. La constante aparición de costillas que de vez en vez también embellecen las distintas ediciones del calendario Pirelli. Las partes que producen sombra, que son paraguas y sombrilla: el pelo, las pestañas, las cejas. Los conductos lagrimales, los huequitos que se ubican al borde de nuestros parpados, ahí, casi llegando a la nariz. El iris, designio hereditario, la retina, la pupila que se estira cuando no hay luz. El martillo, el yunque, el estribo y sus golpecitos en el tímpano. Los vellos en los brazos que brillan con el sol. El trigémino, el nervio encargado de la sensibilidad facial. Las papilas gustativas, repartidas a lo largo de toda la lengua y otras zonas de la boca. El placer de comerse las uñas. El placer de morder unos labios al besar.
Parecemos de mentira, nuestra exactitud es un invento. Estamos hechos de casualidades. De encuentros y desencuentros celulares. De estímulos como el reflejo rotuliano, el que le revisan los médicos a los niños con el golpe de un martillo debajo de la rótula. De efectos como la voz, como los olores que exudamos, el ritmo de la respiración, la taquicardia, el sudor, y la favorita de todos los tiempos: las cosquillas en el estómago. El vértigo. El cerebro confunde las emociones con sensaciones físicas. El amor se manifiesta de maneras graciosas…
También hay cosas que raspan, como una barba que se dejó crecer por un par de días. Hay detalles que se pronuncian, como la columna vertebral, las venas mediana cefálica y mediana basílica, que se dibujan en los brazos como ríos. Hasta las estrías tienen mucho de lindo: son un signo de feminidad por su implicación con la idea de fertilidad, los procesos de gestación y de crecimiento. El envejecimiento no debería ser repudiado, considerando que junto a él se adhieren marcas que nos distinguen: los lunares y las pecas son el retrato de los buenos y felices veranos que vivimos bajo el sol.
El cuerpo es vehículo y sus espacios olvidados –puntiagudos o redondos– son el refugio de la vista, un escape, una forma de redimir el deseo con solo mirar. No deben haber en ellos complejos, vergüenzas o tribulaciones. Son espacios que nos reúnen con nuestra condición humana y a la vez nos hacen celebrar lo primitivo, lo animal que en nosotros se esconde. Espacios que estimulan orgasmos genuinos. Humanos.
Lo que me gusta de tu cuerpo es que es materia, y como tal, cambia.
Sorprende. Fascina. Encanta.








