LEVEL MODA

level modaX: Gelic

Tori Amos, la desgarradora cantante, alguna vez admitió que cuando se siente insegura suele buscar en su closet algo diseñado por Hussein Chalayan “para sentirse algo más fuerte”. Y resultan entendibles sus palabras. Si en el mundo de la moda hay ropa que brilla, que se deshace a mordiscos, mesas que se vuelven faldas, ropa abultada que deforma la silueta de cualquier Barbie, botas que reemplazan piernas, piyamas de rayas que denuncian el holocausto y sombreros que desbaratan –profanan, dirían muchos– la burka islámica, ¿por qué un abrigo no puede tener el poder de quitarnos nuestros miedos?

A pesar de que la moda camina con tacones aguja, casi haciendo equilibrio sobre el filo de la banalidad, hay marcas y diseñadores –Hussein Chalayan, Rocka, Rei Kawakubo, Miu Mui, Moschino y Alexander McQueen– que más bien dan brincos, como montados en un saltarín, y cosen entre muros de arte, atriles de política y derroteros de filosofía, objetos que no sirven simplemente para ser usados, sino que declaran, develan, gritan y hasta dan felicidad.
Objetos que hacen parte de una moda llamada intelectual.

“Yo no hablo mucho: la ropa es mi declaración”, sentencia la diseñadora japonesa Rei Kawakubo, la mente detrás de Comme des Garçons, uno de los laboratorios de diseño más impresionantes del mundo –conocido como la NASA de la moda–: una creadora singular que ha hecho de su ropa una declaración abierta contra las ideas establecidas sobre la mujer occidental.

Líder del “post-hiroshima look”, Kawakubo se aventuró a crear una marca que cada vez que aparecía un desfile despertaba la siguiente pregunta: “¿Y esto dónde se va a vender?” En su colección Primavera-Verano de 1997, por ejemplo, la japonesa presentó una colección de vestidos tan abultados que deformaban las líneas normales del cuerpo. “Un disparo al concepto estandarizado del cuerpo femenino”, reseñaban las revistas; pero Kawakubo, en realidad, intentaba liberar de la esclavitud a la ropa, que por siempre ha tenido que ceñirse al cuerpo. “¿Qué tal si la tela se impone?”, parecían cuestionar sus prendas.

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Reducida al trapo decorativo, al amparo de diseñadores doblegados ante el poder del dinero, la moda lanzaba un grito de rebelión.
“Si no puedes ser elegante, al menos sé extravagante”, decía el diseñador italiano Franco Moschino, quien aseguraba que sus diseños eran los clásicos que todo el mundo tenía en su clóset, pero “puestos juntos de una forma inusual”. El clamor, entonces, era por una ropa más espontánea, más creativa, más arriesgada, más cercana a la que hacen los estudiantes en las universidades que a los convencionalismos de las boutiques de lujo. Por eso, Miuccia Prada se devolvió a su apodo de infancia –Miu Miu– y creó una marca diferente a la que dictaba su apellido, en cuyos desfiles podía poner estridencias y desatinos textiles, con la que podía gritar “¡Esto me molesta!”. Por eso mismo, quizás, la colombiana Maria Clara Restrepo se fue con la bendición de Donatella Versace lejos del emporio italiano a crear Rokha, marca con la que arrugaría los cuellos, envolvería las mangas y haría vestidos que dan un ropaje de beligerancia, de inmunidad y de unicidad a quien los lleva puestos.

En la mismísima meca de la moda europea, otro japonés, Yoji Yamamoto, encontró la inspiración en los calzones pisoteados y malolientes de los homeless, la belleza que dejan en la ropa el tiempo, el polvo y la calle. Allí, el controvertido diseñador presentó el estilo Bugger: camisones roídos y desarticulados, hechos en telas abusadas, lavadas mil veces. Ropa que sabía más de sudor y de intemperie que de glamour. Ropa que invitaba a que se volcaran la miradas hacia la belleza de lo feo. Un estilo que, a pesar de “obsoleto”, no tardaría en ser apropiado por marcas como Diesel o Girbaud.
Los críticos, más que boquiabiertos, quedaron indignados.

En 2005, el más necio de la moda, John Galliano, llamó a la pasarela a un séquito de enanos, gordos, gigantes, peludos y ancianos muy ancianos, y los vistió con encajes negros, camisas de cuello, faldas amplias de gitanas y con los cortes más sofisticados de su última colección. ¿Su apuesta? Acaso burlarse de los diferentes, como condenaron algunos editorialistas, o más bien darle la bienvenida a otros cuerpos en la tiránica máquina de perfección que es la pasarela de moda. “La belleza también habita en otras tallas, en otras texturas, en lunares y manchas, la moda es digna de la humanidad y sus vicisitudes”, fue la declaratoria casi política del creador inglés.

Y si se trata de moda para incomodar, para declarar arengas y para hacer pensar, sería imperdonable no nombrar al chipriota que introdujo en los vestidos mecanismos tecnológicos, ese mismo que hizo que las faldas se encogieran por si mismas, que se englobaran solas, que las telas cambiaran de color con el rozar del viento o al contacto del polen, para que cada prenda se transformara según las estaciones. Ese es Hussein Chalayan: el diseñador más conceptual de nuestro tiempo. En sus desfiles, las modelos pueden terminar desnudas por un repentino ataque de mordiscos de los modelos. Hasta el escenario, compuesto por el mobiliario de una casa, puede terminar convirtiéndose en vestido, al punto de dejar, al final de la velada, la sensación de que hasta la casa se puede llevar encima. Una manifestación nada menos que política, y más teniendo en cuenta que los chipriotas, como muchos otros pueblos, han padecido a lo largo de la historia el drama del destierro.

Por eso, quizás, cuando Tori Amos hace la confesión de encontrar refugios a sus tristezas en un pedazo de trapo diseñado por Hussein Chalayan, es como si algo de esa mente brillante, de ese riesgo, de esas ideas que bailan en la mente del diseñador se transmitieran por ósmosis al que reside y habita los vestidos. Como si a al final, la moda no fuera un fin en sí mismo, sino un medio.

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