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Por: Sebastián Aguirre Salazar
Historia de un pastor del espectáculo que, desde que Latinoamérica tiene televisión, divierte a algunos y tortura a otros, sagradamente, todos los sábados.
Imagínense esta película: una pareja de judíos vive en la Alemania de finales de los 30. Son felices y más aún al enterarse que viene un hijo en camino. Pero entonces aparece en el horizonte un infaltable villano, llamado Adolf: un punto de giro inesperado que cambiaría el rumbo de esta trama.
Y la historia latinoamericana, de paso.
La pareja, entonces, huye hacia América, y en Talca, Chile, da a luz a Mario Luis Kreutzberger Blumenfeld el Día de los Santos Inocentes de 1940. Y ¡vaya inocentada! Un efecto mariposa que haría de este bebé un niño y de este niño un hombre que, por defecto, triunfaría en el mundo de las bromas, los concursos y el espectáculo, arruinando incontables tardes sabáticas de generaciones enteras de paisanos.
Pero no nos adelantemos a los hechos.
Poco después del nacimiento del pequeño Marito, su padre decidió llevarse a la familia a Santiago, buen lugar para educar a su hijo y para ampliar su negocio de sastrería; sin embargo, el niño tenía otros planes en mente. Siendo un crío notoriamente tímido y desubicado, resolvió dejar no una, sino dos veces la escuela, por lo que su padre decidió ponerlo a trabajar parejo entre agujas, tijeras y paños.
La decisión pareció dar resultado. Con los años, el joven Mario fue hilvanando una personalidad tan arrolladora como su porte: finalmente, le había hallado un sentido a la vida. Su padre, feliz de que su sucesor quisiera seguir con el negocio familiar, le costeó sus estudios de corte y confección en Estados Unidos; sin embargo, pronto Marito volvería a sus andanzas. Deslumbrado por las luces de Manhattan, una vez más se daría cuenta que lo suyo no era el estudio y, mucho menos, tener que tejer su destino midiendo entrepiernas y pintando figurines. Y fue en este momento de incertidumbre, mientras gastaba sus 21 años frente al televisor, que vio en esa caja mágica la solución a todos sus embarazos.
De vuelta en Chile, donde la radio era el medio que mandaba y la industria televisiva era todavía una aventura incierta –como en toda Latinoamérica–, Mario deslumbró a todos con ideas visionarias. Sobre todo, con la de realizar un programa con retazos de todos los talk shows norteamericanos que había devorado, malgastando tiempo y dinero que a su padre le había costado tanto. Pero tanto fue lo que insistió el joven, que pronto se abriría paso en el medio, trabajando como presentador en el Show Dominical del Canal 13, en 1962, dándole vida a su célebre personaje.
En 1968, este show dominical dejaría de serlo para convertirse en Sábados Gigantes: una poderosa máquina del entretenimiento liderada por un verdadero profeta del espectáculo, capaz de alienar a familias enteras y enamorar a todas las amas de casa, haciendo de la tele un templo, y del sábado, un día de culto y adoración: el clímax de la semana.
Durante los 70 y 80, su programa llegó a tener hasta el 80% de sintonía. Y aunque algunos creían que su éxito se debía a la escasa oferta televisiva, nadie podía negar que el producto se había convertido en un fenómeno sin precedentes, prototipo para la fabricación de similares bodrios televisivos que, desde entonces, comenzaron a surgir a lo largo y ancho del continente, inspirando a figuras como Laura Bozzo en Perú, Pacheco en Colombia o Cristina Saralegui en Miami.
Tanta fue su resonancia que, desde 1986, el ahora Sábado Gigante incursionó en el competido mercado latino de Estados Unidos, desde donde se produce actualmente para más de 40 países, con una audiencia regular de 100 millones de personas. Una ventana por la cual han pasado incontables celebridades, desde Celia Cruz hasta Ricky Martin, y más recientemente el presidente electo de los Estados Unidos, Barack Obama. Un espacio que ha recibido a más de 1,5 millones de participantes, regalado más de 3 mil automóviles y entregado premios por más de 50 millones de dólares.
Seducidos por ese extraño encanto que tiene su programa, todos, en algún momento, hemos sacrificado con complacencia la tarde de un sábado frente a la caja mágica, hipnotizados por la bonachonería de un hombre sonriente e impecablemente peinado. Hemos sentido nuestra piel sonrojarse. Hemos sido tentados por algún producto que aparece como patrocinador en sus cortinas comerciales. Hemos reído hasta el cansancio por el compendio de bloopers y metidas de pata, por el desperfecto y mal funcionamiento de alguna escenografía o por las palabras indeseadas de sus ilustres invitados. Pero es que, una vez que se escuchan los primeros compases de la canción inicial –qué bueno es verte aquí y compartir, concursos ritmo y buen humor– ya no hay marcha atrás: la ceremonia ha comenzado y el máximo pontífice del entretenimiento hispano ha comenzado a predicar. Entonces, miles recurren a sus gracias, transformándose en los fanáticos fervientes: en la iglesia panaméricana del espectáculo.
La diversión ha comenzado.
Y como esas profecías que ya han sido anunciadas, aparecen las secciones, las llamativas entrevistas y, claro, concursos como El Chacal de la Trompeta, que trunca sueños o impulsa prodigiosas voces al estrellato; El Coro Millonario, que regala electrodomésticos a las cabezas de familia más avezadas; o Los Igualitos, donde basta parecerse al que sea para recibir una eficaz terapia de autoestima a punta de gritos y aplausos. Hasta que el picante aparece. Hermosas mujeres se contornean al ritmo de la música en diminutas tangas para ser las nuevas Miss Colita, y el público, extasiado como siempre, hará reventar el aplausómetro, poniendo en aprietos a las ya no tan agraciadas esposas de los acompañantes y, por supuesto, al viejo y acalorado delegado de juegos, rifas y espectáculos. Acabado el jolgorio, el gran profeta desaparecerá sin dejar rastro, pero solo hasta el próximo sábado, día en el que volverá con el mismo e inmóvil peinado, con mayor entusiasmo, su inconfundible humor negro, su inusual uso del lenguaje, su alma caritativa y su gusto –a veces apoyado en estrategias sensacionalistas que, en sus manos, pasan a ser sensacionales– por conmover a las masas.
Hoy, Don Francisco ostenta un poder que es solo reservado para los grandes inmortales.
Y es por eso que, a sus casi 70 años, luego de recibir más de 800 premios por su carrera y más abrazos que el mismísimo Mickey, su show se ha ganado un lugar en los Guiness Records como el programa de variedad con más horas de transmisión en el mundo: más de 20 mil en más de 45 años ininterrumpidos. Pero ni por eso este gran hombre quiere ponerle punto final a su ritual sabático. Desde su humilde morada, ubicada en una isla privada cercana a Miami Beach, ha sentenciado: "Mi meta es llegar a los 50 años de Sábado Gigante".
Dios lo oiga.
Pero también, ojalá su alma se apiade con algunas las plegarias de aquellos que, con suma devoción, rezamos por un sábado libre de gigantes.
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