LEVEL POP LATINO

A través de la obra Pop Latino, el autoproclamado bisnieto no reconocido de Diego Rivera, el fotógrafo argentino Marcos López, explora con sarcasmo una tierra tan ficcionada como huérfana. En su lente, Latinoamérica sonríe para el flash, engalanada y rechinante, revelando en su caja de dientes una realidad inevitable y esquizoide que pone en jaque héroes y tumbas, espejos e himnos. Entre la provincia y el centro comercial, el colono y el indio, el continente de López se extraña a sí mismo. Y es que, entre los pliegues de la historia, algo ha perdido. Lo suyo, entonces, es la puesta en escena de nuestras paradojas. Mucho más que retratos bonitos. Hablamos con el artista sobre su trabajo. Y esto fue lo que nos dijo:

Tus fotos, coloridas, artificiales, saturadas, parecen ocultar una realidad sombría. ¿Cuál?
El color es un simulacro. Una puesta en escena del dolor. La patria como shopping center de cartón pintado, que se cae a pedazos cuando sopla “el viento norte”, como dice Charly García. Mi vocación por ser un cronista sociopolítico de una patria desmantelada se conjuga con los recuerdos de mi infancia: con los parques de diversiones que paraban en las afueras del pueblo entre charcos, entre camiones y carpas de gitanos, con los pies húmedos de un suelo siempre pantanoso, con colores fuertes de chapas machucadas, con premios de plástico barato, con ponis tristes, con los alambres y rotosos mecanismos que dan vida a los muñecos de un laberinto donde hasta el horror está pauperizado.


Explotas mucho el lenguaje de la publicidad en tus imágenes, como si leyeras la realidad a través de ese filtro…
La publicidad te carcome el cerebro desde que tienes dos años y te sientan frente al televisor con la comida. Yo uso el lenguaje de la publicidad como un Andy Warhol del subdesarrollo, como cien guerreros dentro de un caballo de Troya que dejan entrar a un museo y saquean el bar, se meten con las mujeres ajenas, secuestran al DJ y ponen cumbia colombiana en la sala VIP. Tengo cierto desprecio por la publicidad, aunque confieso que, aunque tangencialmente, es parte de mi mundo. Tengo un pie en el arte contemporáneo y otro pie en la publicidad, que vienen siendo más o menos la misma cosa.

En tus imágenes hay una pregunta por la identidad latinoamericana. Esta parece construirse –o destruirse, más bien– en un lugar incierto, a medio camino entre la tradición y el supermarket. ¿Esta visión no pone en jaque las identidades locales, por ejemplo, las nacionales?
Yo valorizo las identidades locales, me apropio de América Latina. Lo que se ve es la textura del subdesarrollo. El vestuario de la pobreza, los jóvenes de la periferia de Buenos Aires con ropa deportiva Nike fabricada por inmigrantes ilegales en talleres de costura clandestinos. El mundo está cada vez más horrible. Si no tomamos conciencia de hacer algo en nuestra vida hacia un mundo más igualitario, más justo, estamos verdaderamente jodidos…


¿Qué nos hace latinos a los latinos?
El orgullo del mestizaje. La sangre negra, india, que corre por nuestras venas. Las morenas venezolanas de ojos tan verdes que se ven amarillos.

En tu trabajo, la identidad es, en realidad, una historia que nos han contado mil veces. Más que una mentira: una ficción. ¿Así también la interpretas en la realidad?
Yo me cansé del documentalismo. Hago puestas en escena como un nuevo modo de realismo mágico. Una especie de post- García Márquez mezclado con influencias del pintor argentino Antonio Berni y al compás del vallenato colombiano.

En tu fotografía hay cinismo, ironía, sarcasmo, pero también hay cierta nostalgia. Como si hubieras perdido algo y lo añoraras…
Cuando nací perdí a mi hermano mellizo, no se si con eso te alcanza… La pérdida y la melancolía subyacen en la ironía de mi obra. También la ternura. La plegaria para el niño dormido.

En tu Manifiesto de Caracas, que básicamente define la esencia de tu trabajo sobre Latinoamérica, dices: “Allow yourself to soak in Bolivar's most refined spirit”. ¿A qué te refieres con esa invitación?
Imagínate un indio pampeano que termina una noche de fiesta en las tolderías del desierto, borracho, y en la resaca del amanecer respira la brisa fresca que viene de la América profunda. Entonces se nutre del espíritu de una Latinoamérica mestiza, contradictoria, sensual, “violenta y tierna”, como dijo Pablito Milanés. El mestizaje latino se define por el refinamiento de su gente. Si una mulata del Caribe dominicano camina descalza o en chancletas por la más sofisticada calle de las tiendas de moda de Milán, tiene más distinción que todas las marcas de moda juntas.

 


En tu trabajo, los hombres dejan de serlo para convertirse casi en caricaturas. No son héroes. Son remedos de héroe. ¿Por qué?
Tiene que ver con un escepticismo en los valores contemporáneos. Un espejo de los héroes actuales.

¿Hay algo –un rasgo, una virtud, un atributo– que identifique a Latinoamérica?
Una vez la espié a Shakira por una hendija de un camerino mientras se cambiaba de ropa para un show. Esa imagen mezclada con un remix de un discurso de Chávez, mariachis y reggaeton, con una voz en off de poemas de Jorge Luis Borges, eso es Latinoamérica.

 

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