LEVEL BEATS
Por: Claire-Anette Selmer
El tango, junto con el jazz, la salsa y el bossa nova, es uno de los tantos géneros musicales que, de un nacimiento oscuro y popular en algún rincón del continente americano, pasaron rápidamente a convertirse en géneros universales. Todo el mundo escucha tango. Algunos lo prefieren en su versión “original”, cantado por Gardel o por Goyeneche y grabado con equipos de mala calidad que producen eso que los románticos llaman “el ruido del pasado”. Otros, prefieren un tango más abstracto, más académico y muchísimo menos bailable, como el que Astor Piazzolla compuso para su Quinteto Nuevo Tango. Otros más gustan de las versiones modernas y comestibles que han hecho rockeros como Calamaro y Spinetta, y hoy en día abundan los fanáticos del tango electrónico de Bajofondo y Gotan Project. Sea cual sea su versión preferida, todos están de acuerdo en que el tango es oscuro y misterioso por su música, erótico y pasional por su baile, y triste hasta los huesos por sus letras. Todos saben que sus personajes, cuando no son hombres al borde del suicidio o de la intoxicación a causa de un desamor insoportable, son mujeres en franca decadencia, atraídas por la vida fácil de la fama y el dinero.
Sin embargo, hubo una época más vieja que los tangos más viejos, cuando aún el tango no se tocaba con bandoneón ni Gardel era Gardel ni la misma Buenos Aires, bien mirado, era Buenos Aires. En esos años borrosos de principios de siglo, cuando el tango no era la música insigne de nadie sino apenas un ritmo dudoso que salía a los golpes de una guitarra mueca y se metía entre los bailes obscenos de unos inmigrantes peleones y unas putas gordas en cafetines de mala muerte a las orillas del puerto, en esos años borrosos, decía, el tango no era triste, ni erótico ni pasional. El tango era vulgar.
Y eso, por las condiciones de su nacimiento.
Por esos años, los inmigrantes genoveses y andaluces, enlatados en barquitos y por manotadas, llegaban a Buenos Aires sin trabajo, sin casa y sin mujeres. De repente, una ciudad que hasta ahora había sido solo un pueblo chico con un puerto feo, tenía que alojar a cientos de miles de europeos que, después de hacerse con alguna pieza compartida en un conventillo, salían a buscar algo que hacer. Naturalmente, una vez juntaban dos o tres pesos, enfilaban hacia el bar. Y entonces nacía un género musical nuevo. 
A lo largo de la historia, la música ha reflejado lo que la gente siente y piensa, pero sobre todo con lo que sueña. En la Buenos Aires del cambio de siglo, lo único con lo que fantaseaban miles y miles de hombres sin patria y sin plata y sin fe, era con una –¡aunque fuera una sola!– mujer. Por eso, su tango era vulgar, sexualmente vulgar.
Porque la mayoría de esos tangos no tenían letra, o por lo menos no una letra fija, pues los cantantes improvisaban los versos al tocar, los tangueros expresaban sus sentimientos en los títulos y las ilustraciones de sus partituras.
Es claro, sin embargo, que la sociedad porteña de principios de siglo no era precisamente de las que se llaman a sí mismas “liberales”, por lo que a los artistas les tocaba disfrazar sus vulgaridades si pretendían que estas fueran publicadas. Esto, como se puede deducir, estimuló la creación de imágenes y juegos de palabras verdaderamente invaluables, como en el caso de uno de los más famosos tangos de la época, Metéle bomba al P…rimus, de José Ignacio Severino, siendo el Primus un calentador que se accionaba al ser bombeado con una manivela, como bien lo ilustra la señorita que, bien acompañada, adorna la carátula de la partitura original. Otros usaban juegos más sofisticados, como Bernardino Terés, cuyo polémico Tocame La Carolina incluye un acertijo que se resuelve juntando las primeras dos palabras del título.
En otros tangos más primitivos la vulgaridad es incluso más evidente, como en los famosos Dos sin sacar, Con qué topa que no dentra, Qué polvo con tanto viento, y cómo no, el inolvidable Afeitate el siete que el ocho es fiesta. En esta compilación de tangos pedestres y, dicho sea de paso, machistas, tampoco podría faltar el famoso La C…ara de la L…una, de Manuel Campoamor, quien se sirvió del mismo método de Severino para ocultar y, sin embargo, insinuar la grosería favorita de los argentinos de todos los tiempos: la concha de la lora.
Los tangos vulgares, y todos los otros también, con contadas excepciones, fueron escritos por hombres, y como podemos ver a partir de los ejemplos, por hombres bastante necesitados. Con el crecimiento de Buenos Aires y el asentamiento definitivo de esos barrios de inmigrantes obreros, el humor de lo vulgar pasó de moda, tal vez porque los hombres ya se habían acostumbrado a la vida de burdel. En efecto, es ahí cuando el tango empieza a entristecerse, a teñirse de nostalgia, de nuevo reflejando los sueños de unos seres que, esta vez, se inspiraban en la ausencia, en la falta de una mujer digna de ser amada, irremplazable con una prostituta, pues como cantaría Gardel: “en mi vida tuve minas, muchas minas, pero nunca una mujer”.
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