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Por Daniel Páez

40 años de carrera, 60 álbumes en el mercado y más de 50 millones de unidades vendidas son las cifras que definen al verdadero Latinamerican Idol.

No es gratuito que al hombre hispano lo caricaturicen como un señor borracho y bigotón, un eterno Pancho Villa que cautiva a las mujeres con malos tratos y serenatas: en el fondo, todo latinoamericano sueña con ser ese varón, y toda latinoamericana con ser un objeto de su propiedad; sin embargo, este hombre ideal del que hablamos no es precisamente un príncipe. Es un mariachi.

Es un mero mero macho.

Esta imagen del charro no sería un estereotipo tan fuerte sin la existencia de Vicente Fernández: un inmortal de voz poderosa, eterno mostacho, piel gris y penetrantes ojos negros en los que se pueden leer los golpes de la vida, pero también la esperanza. Junto a sus rancheras conmovedoras, la parafernalia de orquestas superpobladas, pantalones apretados, ropa adornada con brillantes, sombreros con dimensiones de UFO, caballos de paso fino y las mujeres más hermosas siempre al lado,  se ha convertido en la viva encarnación del verdadero sueño latinoamericano.

Y es que él no necesita la belleza juvenil y delicada del latin lover, ni la alegría impostada del Caribe para representar los sentimientos del continente. Sus canciones no escapan de la realidad con sonrisitas y bailes sensuales; al contrario, la enfrentan con valentía, con un trabajo incesante que se convierte en la mayor arma que carga en el cinturón. Desde las comunidades inmigrantes de Estados Unidos hasta los gauchos más aislados de la Patagonia, no hay un solo habitante del continente que no responda al verso “una piedra en el camino / me enseñó que mi destino / era rodar y rodar” con el éxtasis religioso de quien canta un Salmo. Y hasta lágrimas sueltan sus desagarradoras estrofas, convirtiendo al más macho en machito chillón.

Nacido como un humilde campesino de Jalisco, desde niño Vicente Fernández sintió que su vida estaba destinada a la música, pero tras muchos rechazos, sólo hasta los 25 años logró ganarse unas monedas a cambio de sus canciones: primero tuvo que pasar hambre como albañil, mensajero, mesero, embolador de zapatos y lavaplatos, mientras que en las noches cantaba en restaurantes y daba serenatas en Guadalajara. Luego consiguió chamba en una estación de radio, pudo trasladarse a Ciudad de México para hacer parte de distintos conjuntos de mariachis y, finalmente, pudo unirse al programa de televisión La calandria musical.

La carrera de Chente se disparó en 1966 y definió su rumbo en los 70 con éxitos modestos en la radio local. Mientras las figuras de las baladas en español se robaban los primeros lugares en las listas de popularidad y desaparecían un par de años más tarde borrándose de la memoria colectiva o dedicándose a cantar en restaurantes, el bigotón tapatío se arraigó a su cultura ranchera, sacándola del entorno mexicano para establecerla como un símbolo continental. Con su figura recia se convirtió en un ídolo de las clases populares, que vieron en él un ejemplo de superación. Un hombre que, con dinero o sin dinero –de hecho, con muchísimo dinero–, jamás quiso parecer “gringo”.

En la década del 80 Vicente amplió su público: en medio de precarios artistas que imitaban el pop anglosajón, expresó las verdaderas emociones de una comunidad a la que le preocupan cosas más importantes que si los amigos de mis amigas son mis amigos. La clase media lo idealizó como una especie de Elvis Presley mestizo y la clase alta abrió sus oídos a las letras contundentes de este rey elegido unánimemente por el pueblo, con un discurso más poderoso que el de cualquier político o dictador local, y con muchos más cojones para afrontar la triste realidad de nuestros países que Gloria Estefan.

Inspirado por sus ídolos Jorge Negrete y Pedro Infante, Vicente Fernández supo desde el principio que su voz no era la única herramienta para ser grande, así que, ignorando su poco talento histriónico, se metió de cabeza al mundo del cine. Entre 1971 y 1991, protagonizó y compuso las bandas sonoras de películas tan representativas del cliché mariachi como El arracadas, La ley del monte, Juan Charrasqueado, Dios los cría, Por tu maldito amor y Mi querido viejo –en la que aparece junto a su hijo Alejandro, quien a propósito trabaja un perfil más pop y no le llega ni a los talones a su padre–. A los 50 años, sin embargo, Vicente afirmó estar muy viejo para la pantalla y decidió concentrarse en eso que sí sabe hacer.

Pero su paso por el cine fue una audaz estrategia para establecer su reinado más allá de los discos, inmortalizándose en historias de pobres que salen adelante enfrentando miles de vicisitudes, desamores y engaños con finales generalmente felices, obras picarescas alrededor de la revolución mexicana y rancheras conmovedoras que siempre expresan una nostálgica remembranza de lo rural. Parece simple eso de hacer telenovelas de dos horas, pero sólo con la cara y la voz de Vicente  –como las que tendría Dios si fuera mexicano– se labró en el imaginario mundial un ícono insuperable: sin romper taquillas, el cantactor del bigote perfecto y actuación acartonada consiguió la proeza de firmar su propia estrella en el camino de la fama de Hollywood.

Las palabras “amor”, “honor”, “traición”, “muerte”, “caballos”, “perdón”, “lágrimas”, “orgullo” y diferentes alusiones al alcohol –principalmente al tequila y la cerveza, o a la genérica “copa”–, son las más frecuentes en el vasto cancionero de un hombre que expresa los sentimientos populares como pocos. Un hombre que, a pesar de aparecer con una chica diferente en cada video –cada una más buena que la otra–, sólo ha tenido una esposa, que continúa a su lado desde 1963. Y es que así de grande es el corazón de un mariachi de veras, no como el que intentó emular, sin mucho éxito, Antonio Banderas. Por eso mismo, quizás, ignorando el hecho de que con frecuencia las describa como harpías traicioneras, las mujeres siguen siendo las más fieles fanáticas del charro. De su rudo y sensible galán sexagenario.

En el 2010 Vicente llegará a los 70; sin embargo, sus conciertos –por lo general con boleterías agotadas, incluso en plazas como el Madison Square Garden de Nueva York– siguen siendo maratones de tres o cuatro horas en las que su voz y su conexión con el público crean una atmósfera de cantina y despecho de la que sólo un insensible puede salir sin llorar. Sus clásicos Volver, volver, Aunque me duela el alma, Estos celos, Ojalá que te vaya bonito, De qué manera te olvido, Nos estorbó la ropa, Lástima que seas ajena y Señora de tal, componen un repertorio de casi 600 canciones, lleno de éxitos que ningún otro latinoamericano ha alcanzado; y lo más importante: su forma de representar a la gente no la ha igualado nadie.

Los Juanes y Ricky Martins ganarán más Grammys y saldrán en más portadas de revistas de peluquería. Pero Vicente Fernández sigue siendo el rey.

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