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40 años de carrera, 60 álbumes en el mercado y más de 50 millones de unidades vendidas son las cifras que definen al verdadero Latinamerican Idol.
No es gratuito que al hombre hispano lo caricaturicen como un señor borracho y bigotón, un eterno Pancho Villa que cautiva a las mujeres con malos tratos y serenatas: en el fondo, todo latinoamericano sueña con ser ese varón, y toda latinoamericana con ser un objeto de su propiedad; sin embargo, este hombre ideal del que hablamos no es precisamente un príncipe. Es un mariachi.
Es un mero mero macho.
Esta imagen del charro no sería un estereotipo tan fuerte sin la existencia de Vicente Fernández: un inmortal de voz poderosa, eterno mostacho, piel gris y penetrantes ojos negros en los que se pueden leer los golpes de la vida, pero también la esperanza. Junto a sus rancheras conmovedoras, la parafernalia de orquestas superpobladas, pantalones apretados, ropa adornada con brillantes, sombreros con dimensiones de UFO, caballos de paso fino y las mujeres más hermosas siempre al lado, se ha convertido en la viva encarnación del verdadero sueño latinoamericano.
Y es que él no necesita la belleza juvenil y delicada del latin lover, ni la alegría impostada del Caribe para representar los sentimientos del continente. Sus canciones no escapan de la realidad con sonrisitas y bailes sensuales; al contrario, la enfrentan con valentía, con un trabajo incesante que se convierte en la mayor arma que carga en el cinturón. Desde las comunidades inmigrantes de Estados Unidos hasta los gauchos más aislados de la Patagonia, no hay un solo habitante del continente que no responda al verso “una piedra en el camino / me enseñó que mi destino / era rodar y rodar” con el éxtasis religioso de quien canta un Salmo. Y hasta lágrimas sueltan sus desagarradoras estrofas, convirtiendo al más macho en machito chillón.
La carrera de Chente se disparó en 1966 y definió su rumbo en los 70 con éxitos modestos en la radio local. Mientras las figuras de las baladas en español se robaban los primeros lugares en las listas de popularidad y desaparecían un par de años más tarde borrándose de la memoria colectiva o dedicándose a cantar en restaurantes, el bigotón tapatío se arraigó a su cultura ranchera, sacándola del entorno mexicano para establecerla como un símbolo continental. Con su figura recia se convirtió en un ídolo de las clases populares, que vieron en él un ejemplo de superación. Un hombre que, con dinero o sin dinero –de hecho, con muchísimo dinero–, jamás quiso parecer “gringo”.
En la década del 80 Vicente amplió su público: en medio de precarios artistas que imitaban el pop anglosajón, expresó las verdaderas emociones de una comunidad a la que le preocupan cosas más importantes que si los amigos de mis amigas son mis amigos. La clase media lo idealizó como una especie de Elvis Presley mestizo y la clase alta abrió sus oídos a las letras contundentes de este rey elegido unánimemente por el pueblo, con un discurso más poderoso que el de cualquier político o dictador local, y con muchos más cojones para afrontar la triste realidad de nuestros países que Gloria Estefan.
Pero su paso por el cine fue una audaz estrategia para establecer su reinado más allá de los discos, inmortalizándose en historias de pobres que salen adelante enfrentando miles de vicisitudes, desamores y engaños con finales generalmente felices, obras picarescas alrededor de la revolución mexicana y rancheras conmovedoras que siempre expresan una nostálgica remembranza de lo rural. Parece simple eso de hacer telenovelas de dos horas, pero sólo con la cara y la voz de Vicente –como las que tendría Dios si fuera mexicano– se labró en el imaginario mundial un ícono insuperable: sin romper taquillas, el cantactor del bigote perfecto y actuación acartonada consiguió la proeza de firmar su propia estrella en el camino de la fama de Hollywood.
En el 2010 Vicente llegará a los 70; sin embargo, sus conciertos –por lo general con boleterías agotadas, incluso en plazas como el Madison Square Garden de Nueva York– siguen siendo maratones de tres o cuatro horas en las que su voz y su conexión con el público crean una atmósfera de cantina y despecho de la que sólo un insensible puede salir sin llorar. Sus clásicos Volver, volver, Aunque me duela el alma, Estos celos, Ojalá que te vaya bonito, De qué manera te olvido, Nos estorbó la ropa, Lástima que seas ajena y Señora de tal, componen un repertorio de casi 600 canciones, lleno de éxitos que ningún otro latinoamericano ha alcanzado; y lo más importante: su forma de representar a la gente no la ha igualado nadie.
Los Juanes y Ricky Martins ganarán más Grammys y saldrán en más portadas de revistas de peluquería. Pero Vicente Fernández sigue siendo el rey.
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