*Cualquier parecido con los libros de superación personal es pura coincidencia. El contenido de este artículo es producto de la ficción.

La crisis tiene muchos aspectos, siendo la escasez solamente uno de ellos: el que más nos afecta. Ese cuento de que “el dinero no compra la felicidad” no es consuelo a la hora de pagar las deudas, menos cuando la catástrofe económica también empieza a perturbar la salud y la estabilidad emocional. En tiempos como estos, nuestro espíritu puede caer aún más bajo, revolcarse en la autocompasión, buscar consuelo en The Secret y demás libros de superación personal o en sortilegios mágicos para mejorar la suerte, o simplemente esperar a que después de la tempestad venga la calma: si en diez años no se ha acabado esta tragedia, tendremos que volver a nuestras raíces cavernícolas y olvidarnos de todo lo que tuvimos hasta ahora.

Según un acaudalado gurú hindú, “una ley es el proceso por el cual se manifiesta lo que no se ha manifestado”. Como eso no tiene mucho sentido, es más práctico aceptar que, por ley, todo puede ponerse peor. Las leyes presentadas a continuación resumen un infalible manual de filosofía para calmar el espíritu, ese gorila interior que se desespera cuando las cosas salen mal. Meditación, yoga, dietas balanceadas, armonía, buena energía, velas aromáticas y visualización de mejores tiempos ya no serán necesarios para superar los problemas. Como a la vista, igual, no se ve la solución, resulta más práctico asumirlos como un estilo de vida.

Continuando con la saga de desmotivación El fin del mundo para dummies, Aprendiendo a aborrecerse a sí mismo, La culpa de todo la tiene Yoko Ono, Sopa de pollo para Coelho y El monje que compró un Ferrari, acá tenemos un fragmento de la última entrega de la colección: La crisis: mi religión.

Ley de la potencialidad puramente comercial
Haré un listado de lo que mejor se hacer y buscaré el potencial comercial de mis actividades favoritas, siempre desde una armoniosa postura mística. Si el dinero no viene a Madonna, Madonna va al dinero. ¿O es Mahoma el que va a la montaña? No importa. Dormir, jugar Play Station, tomar cerveza con los amigos, pasar horas en Facebook, escribir libros de superación personal: todo puede ser rentable –sobre todo lo último– si lo se potencializar. Destinaré tiempo todos los días a estar en comunión con el dinero y a ser un testigo silencioso de la inteligencia que reside en cada realidad comercial.

Ley del karma del bolsillo
¿Sabía usted que el bolsillo también tiene espíritu y kharma? Comprar esa nueva chaqueta, ir de fiesta al bar de moda, salir a cine todas las noches, cenar en el restaurante thai más exclusivo: TODO cuesta dinero. Desde ahora, siempre le pediré orientación a mi bolsillo. Si mi cuenta bancaria se siente a gusto con la decisión, seguiré adelante sin temor. Si al ATM le produce malestar, intentaré lo otro. Si mi tarjeta de crédito carece de crédito, pues ni modo…

Ley del menor esfuerzo
Un sabio charlatán dice: “La inteligencia de la naturaleza funciona con toda facilidad y despreocupación. Ese es el principio de la menor acción, de la no resistencia”. Por lo tanto, seré inteligente: haré mi mayor esfuerzo por hacer el menor esfuerzo. Más fácil. Menos preocupación.

Ley del deseo anulado
Haré una lista de todos mis deseos y me la comeré, así no estaré tentado a mirarla sino que, por el contrario, me iré olvidando de ella para no frustrarme por todo aquello que no se ha hecho realidad. Practicaré la conciencia del momento, sin pensar mucho en el futuro o en el pasado. No permitiré que los obstáculos me impidan aceptar el presente tal y como es: desgraciado. Practicaré la aceptación –un lindo eufemismo para referirse al conformismo– y no nadaré contra la corriente, simplemente me dejaré llevar.

Ley del darlo todo completo
Cuando examino detenidamente mi casa, veo toda la basura que he acumulado durante los últimos años de bonanza financiera. No la seguiré acumulando –acumular no es sinónimo de ahorro ni de riqueza, sino de consumo vacío–: me comprometeré, más bien, a mantener en circulación lo realmente valioso, a dar y recibir los dones más preciados de la vida. ¿Discos compactos que ya están digitalizados en el iPod, afiches descoloridos de Ricky Martin o Kurt Cobain, libros que jamás volveré a leer, figuras de acción de Star Wars? No… eso no es lo importante en términos espirituales y en tiempos críticos. Me desharé de esos objetos innecesarios, preferiblemente lucrándome en el proceso. Practicaré la austeridad y cerraré mi mente, para siempre, a la publicidad.

Ley del desapego
Tras renunciar a la intención y al deseo, renunciaré al interés por el resultado. Me comprometeré con el desapego. No forzaré las soluciones de los problemas y, por lo tanto, no crearé con eso nuevos problemas. Reprimiré la ira que me invade. Convertiré a la incertidumbre en un elemento esencial de mi experiencia. Cuanto más inciertas parezcan las cosas, más seguro me sentiré porque la incertidumbre es el camino hacia la libertad. Antes de dormir, me diré “no fracasé porque nunca soñé”.

Ley del drama
“Dharma” significa “propósito en la vida”. Pero en momentos de crisis es difícil saber cuál es el propósito o si no será más bien un despropósito; así que es mejor hablar de “drama”. Todo problema es una oportunidad disfrazada, un lobo con traje de oveja. Aprovecharé mis relaciones afectivas para satisfacer a mi conciencia consumista –o al menos mis necesidades si la cosa está muy mal–: inventaré varias fechas al año para mi cumpleaños, diré que me gradué de algún master que no he hecho y crearé lindas causas para recaudar fondos y no precisamente para compartir el dinero con los más pobres. Si mi propósito en la vida es perder, que los demás pierdan conmigo. Debo exprimir hasta el último centavo. Mi drama es la crisis y la crisis es mi dharma.

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