Por Jose Enrique Plata

Algunos dicen que el folclor americano es un rumor perdido entre el pasado, las raíces y la tierra. Hay otros que opinan lo contrario. Esta, es su América.

Quienes aún piensan que hablar de música folclórica es hablar de fiesta patria, de radio pública o de feria provincial, bien pueden devolverse al siglo XX a desempolvar vinilos y casetes. Allí, encontrarán una lista interminable de canciones que suenan a paisaje, a nostalgia, a casa. Allí, en el rumor de esa tradición que en ocasiones escuchamos con recelo, que muchas veces, incluso, rechazamos por irnos tras aires más “modernos”, encontrarán la semilla original de una cosecha que, hoy, ha dado frutos sorprendentes.

Afortunadamente, en este nuevo milenio hay quienes han vuelto la mirada al pasado sonoro de América, no para repetirlo o revivirlo, sino simplemente para darle su propio lugar en estos tiempos. Hablamos de artistas que, en la última década, han demostrado cómo cuecas, cumbias, sambas, sonidos del caribe, andinos, sones, tangos y demás, no tienen ya que ser etiquetados como “música del mundo” porque ya no son exóticos, ni tienen que disfrazarse de bandera o fiesta municipal para ser reconocidos. Esta música, que bien suena y mejor se aprecia, está demostrando que, en nuestros países, hay productores culturales que se han preocupado por mirar hacia adentro de su tierra, para tomar las raíces y jugar con ellas, para mezclarlas con murmullos de otras latitudes y voces de otros tiempos, para crear nuevos diálogos, nuevos encuentros, nuevos folclores y memorias de un mundo cada vez más amplio, fusionado, diverso.


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