Por siglos, los cigarros han constituido un emblema para Cuba. Su cultura es una de las más promocionadas a los cientos de turistas que se aventuran a visitarla. ¿Qué dicen estos aromáticos –y cancerígenos– placeres de una isla congelada por la duda de lo que pudo llegar a ser?Por Gregorio Matamoros
Un oficio codiciado
Hace sol en La Habana. Y cuando hace sol en La Habana en un día de verano del mes de julio, los cubanos buscan las sombras de los flamboyanes que, siempre frescos y rellenos de flores naranjas, hacen del corazón de esta ciudad herrumbrosa un jardín de enormes brotes colorados.
Hace calor en La Habana y sin embargo la ciudad marcha. Y en un elegante edificio de tonos marrón que se levanta cerca del antiguo Congreso –aquella Real Fábrica de Tabacos que, tras cincuenta años de revolución, es uno de los pocos edificios de la ciudad cuya fachada aún tiene el privilegio de estar pintada–, un ejército de enrolladores de tabacos trabaja, concentrado y sin descanso, para cumplir las cuotas diarias de fabricación del producto estrella de esta isla solitaria.
Los llaman “torcedores” o “torcedoras”. Concentrados, ellos extienden, estiran, doblan y envuelven, en múltiples capas, las cinco clases de hojas lisas y ásperas que en cuestión de minutos se convierten en habanos exquisitos.
Es un oficio codiciado. El salario promedio en Cuba no sobrepasa los 15 dólares mensuales. Los torcedores, pagados por unidad producida, se vuelven rápidos y hábiles y pueden llegar a ganar hasta cuatro veces más que la media: una fortuna que, no obstante, es insuficiente para comprar, en el bar de fumadores de puros del hotel Meliá Cohiba, una de las cajas del mismo producto que fabrican. Allí, en ese humeante y aromático salón, donde no fumar es políticamente incorrecto, 25 habanos tipo Churchill –que un torcedor habría fabricado en una mañana– se venden con caja y sellos y holograma de autenticidad, a 150 dólares.
Precaución“No compre habanos en la calle”, dicen los guías de la agencia estatal Cubatur, y luego enfatizan una y otra vez, hasta el hartazgo, sobre la importancia del holograma en las cajas de cigarros. Se refieren a la garantía de la firma Habanos, la más grande empresa estatal de comercialización de puros en Cuba, la misma que se asegura de que el dinero que se paga por estos vaya a parar directo a las arcas del Partido.
La sensación que queda en el turista tras llegar a la isla, sin embargo, es que los guías no solo desconfían de los habanos en la calle, sino que no simpatizan con la calle misma. De entrada, el viajante recibe un largo y eterno pliego de no’s: “no vaya a la Casa de la Música: es cuna de jineteras”; “no monte en guagua: le dejarán sin un peso”; “no vaya al Club Tropical: le rajarán la cabeza con una botella”; “evite visitar Guanabacoa: es un barrio lleno de retrógradas con costumbres incivilizadas”.
El turista termina entonces montando en taxis de tarifas que compiten con las del centro de Nueva York, pagando costosísimos y desusados cabarets, visitando el Museo de la Revolución y comiendo en la Bodeguita del Medio. Siguiendo las directrices del guía, el turista nunca llegará a escuchar a Pachito Alonso y sus Quini Quini, un despampanante combo de auténticos ejecutores de la descarga que sacuden las noches de la Casa de la Música, ni tampoco podrá ver a los verdaderos habaneros, una tarde de domingo, entregados a una eterna y sudorosa jornada de salsa casino en el Tropical. Menos aún, podrá enterarse que con lo que paga un trayecto en taxi podría recorrer la misma distancia 140 veces en guagua.
Ofuscado entonces por esa asfixiante sensación de ser presa del turismo totalitario, me monto en una guagua, camino por la Plaza del Congreso y le pregunto a una desconocida por direcciones para comprar habanos en la calle. Ella me lleva hacia un edificio de los años veinte, de paredes peladas y pasadizos estrechos, donde compro una caja de habanos a una décima de su valor comercial a una pareja de jóvenes. Como ellos, muchos habaneros son cercanos a los empleados de las fábricas oficiales: aquí y allá, parte de lo producido en el monopolio estatal se filtra en ese mercado negro que el turismo ha ayudado alimentar, donde el mismo habano que sale de la fábrica hacia los hoteles se vende por los pocos pesos que sean ofrecidos.Hoy, La Habana parece un nido alborotado, donde sus ciudadanos parecen vivir en función de recoger las migajas que pueden del turismo. Por eso, en las esquinas venden los habanos prohibidos, tan sabrosos, frescos y aromáticos como los del hotel Meliá Cohiba.
Humo para los dioses
Al ver que el habano ha llegado a su final, la mujer manda con urgencia a comprar otro en la esquina. Vale cinco centavos. “Este solo sirve para la lectura. Para gozártelo, mejor te fumas un Cohiba”, dice, al llegar el encargo. La mujer, en su estrecha casa de cemento en el barrio Guanabacoa –el barrio “embrujao”, lo llaman– prende el cigarro –seguramente fabricado con lo barrido en días anteriores en las fábricas oficiales– y su mirada se pierde tras el espeso brote de humo que la rodea.
El habano es medio y es mensaje: invita a los espíritus y a los dioses de la antigua Nigeria a hacerse presentes, los convoca para una jornada de adivinación. A su vez, ayuda a la mujer a concentrarse, a entrar a ese mundo donde el hombre interpreta las figuras más profundas de la mente. Mientras el tabaco arde, y el humo engruesa la voz, y los naipes caen sobre el paño, la mujer habla de pasados y futuros y saca de una pila de amuletos una pequeña figura de hierro, parecida a la cabeza de una flecha. “Conviene que te compres una de estas”, recomienda.
Su mirada, aún joven, vuelve hacia a su interlocutor con una sobriedad profunda, y entre el humo que se alza denso en el ambiente, consigna: “Esto lo necesitamos mucho acá, en la isla. Siempre estamos orando para que no nos lleven presos”.
CohibaEs el más espléndido y cotizado. El enviado a las cortes y palacios, a las cumbres y los eventos de más alta ralea del capitalismo global. Es el cigarro Cohiba, el favorito del comandante, esa marca que la CIA tantas veces envenenó con la esperanza de que el abogado de Birán muriera de una vez.
Pero ahí sigue envejeciendo el comandante, y los Cohiba siguen siendo los de sabor más complejo, de aroma exquisito y textura noble. El torcedor, a medida en que se adiestra en el oficio de armar habanos, sube de categoría y de marca hasta llegar al honroso primer lugar en el dominio de este arte. Quien mejor tuerce, tuerce cohíbas. Y gana más dinero. Y es más admirado.
Una señora rubia camina entre los aromas de la fábrica de habanos. Observa a las mujeres que limpian las venas de las hojas y escucha al lector de novelas que, desde el segundo piso y a través del altavoz, lee desde épocas inmemoriales una novela a mediodía para todos los hombres y mujeres que trabajan. La turista da la vuelta en esta fábrica, en este país, en esta sociedad que prometió el fin de las clases sociales, y observa con detenimiento a un joven bien parecido que tuerce con rapidez un rollo fino entre sus manos.
Él le devuelve la mirada y le dice, orgulloso: “Cohiba”.
Guillermo no ha muerto en La HabanaEn el segundo piso de la fábrica de habanos está el lector. En una de sus manos siempre hay un periódico en la mañana y una novela al mediodía. En la otra, un micrófono conectado a los parlantes que acompañan el trabajo del torcedor.
Es una tradición milenaria. Los primeros españoles y hacendados utilizaban lectores para catequizar a sus trabajadores. La costumbre permaneció.
Ha habido momentos, hoy imposibles de evocar con precisión, en que los torcedores se han entregado a historias que no se olvidan. Y ese ejercicio delicioso de perderse entre la evocación de una fatalidad ajena ha creado, quien sabe a través de qué mágicos mecanismos, nuevas especies de habanos. Escucharon alguna vez a Shakespeare y apareció el Romeo y Julieta; alguna vez siguieron la historia de una venganza, narrada por Dumas, y apareció el Montecristo; quizás otra vez se rieron a carcajadas, y durante un par de años, con las aventuras del Quijote, nació el cigarro Sancho Panza.
Por las mañanas, sin embargo, no hay novelas en la Real Fábrica de Habanos. Lo que hay son noticias publicadas en Granma, El Periódico. Acontecimientos positivas: la revolución bolivariana avanza, el imperialismo yanqui se debilita, Hugo Chávez expande con fuerza a Petrocaribe…
Las noticias siempre pasan en rojo, negro y blanco.
Cuenta Ignacio Ramonett que cuando murió el gran novelista cubano Guillermo Cabrera Infante –primero adalid y luego acérrimo crítico de Castro–, el diario de la revolución no publicó su muerte.
Y entonces se me ocurre que, quizás, algún día, los torcedores de cigarros escuchen a mediodía sus Tres Tristes Tigres y bauticen con su nombre un habano.
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