Algún día en el futuro, si este planeta no se vuelve cerote como en efecto parece que va a ser, habrá arqueólogos, antropólogos e historiadores que se dediquen a estudiar nuestra querida y ojalá no difunta América Latina. Cuando se cansen de hablar de lo sensato que era Uribe o su contraparte Chávez, de lo recatada que era Gloria Trevi o de lo humano que fue Augusto Pinochet, estos investigadores del mañana se verán sorprendidos por la forma en que los habitantes de estas tierras nos referimos los unos a los otros.

Sorprendidos quedarán con la extensísima fraternidad testicular de “huevones”, con la incontenible horda de “hijos de la chingada”, con el infinito ejército de “cabrones” y, sobre todo, con una rara especie de compadres, asentados en donde alguna vez estuvo Guatemala y El Salvador: una extraña tribu de hombres que se llamaban a sí mismos “cerotes”.

Los científicos del mañana quedarán desconcertados con esta palabra de genética incierta y etimología refundida, que no se refiere propiamente a raza o tradición alguna, sino más bien al producto final de un famosísimo proceso fisiológico: la digestión. Singular, pues, les parecerá la idea de referirse al prójimo con una expresión originalmente acuñada para referirse a la hez humana, por no decir, en términos menos apropiados para estas páginas, a la mierda o al popó.

Sabia manera de llamarnos. De recordarnos que, en el fondo, como polvo fuimos, polvo seremos. Sabia manera de bajarnos de nuestra soberbia nube de ser humanos. De recordarnos que, en últimas, somos también abono para el mañana.

En este orden de ideas, el término es justo. Y así lo entenderán los más estudiosos nostálgicos. Descubrirán que, más allá de la ofensa, dicha palabra se utilizó como fórmula de cortesía, cariño, aceptación. Como reconocimiento entre hermanos cuyos cuerpos, algún día, serán alimento para flores y gusanos. Y es que, en verdad, “cerote” es un llamado a todos aquellos que alguna vez olvidan que hacen parte de ese bello ciclo natural que está en la base del sistema.

De ese bello proceso que, en ocasiones, también termina en el sanitario.

Así pues, olvídese de protocolos insípidos, mediados por palabras rígidas, artificiales e impersonales. Atrás, pues, deben quedar términos como compañero, amigo, colega o respetado señor. Ha llegado el momento de tratar a todo el mundo de una manera más sensata.

Compañeros cerotes, a la carga.

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