Luego de un malogrado primer intento discográfico y algunos años de mala suerte cantando en bares de Buenos Aires, en 1990, con un segundo álbum titulado Jesús, verbo no sustantivo, Arjona inició una racha que no parece dar muestras de cansancio: hoy, veinte años y quince álbumes de estudio después, el guatemalteco de crin espesa se ha convertido en uno de los cantautores más celebrados del continente. La pregunta es: ¿por qué?

Con la canción que dio título a ese segundo trabajo, Arjona contribuyó a edificar un mundo en el que la inteligencia se mide en frases de cajón, saltando a la fama al abrir los oídos de un público acostumbrado a baladitas sin mensajes más profundos que “fíjate, fíjate en tu secretaria” o “seré un buen perdedor… hoy te vas tú, mañana me iré yo”. Aunque esta proeza no era tan difícil de ejecutar, hay que darle un gran aplauso a este corcel humano por descubrir el agua tibia, cocinando a fuego lento y en la misma olla –para que no se hirvieran– las acartonadas protestas de Silvio Rodríguez y las acartonadas declaraciones de amor de Ricardo Montaner, para dar con la más sosa de las recetas: una acartonadísima protesta de amor.

Con rimas como “la iglesia se lleva en el alma y en los actos” o la arrogante “tengo la conciencia tranquila y por eso no me confieso”, este Jesucristo de la balada pop en español no necesitó crucificarse para asumir una pose de sabio líder carismático frente a las cámaras –mientras por detrás su ex esposa lo acusaba de violencia doméstica–, consiguiendo en el camino ventas millonarias en todo el continente, grabando sus canciones incluso en portugués y agotando sus presentaciones desde Chicago hasta la Patagonia. Ya lo dice él: “el azar es la metáfora perfecta”. Por eso, seguramente, escribe canciones sobre lo que sea con los mismos recursos literarios de un poeta de parque. Versos que, sin duda, funcionan sin fallar en los oídos pasivos de la radio latina comercial.

En una diatriba contra el aborto, por ejemplo, Arjona dice: “si lo hubiesen hecho conmigo, hoy faltaría una canción”… lo cual nos pone a dudar si, en efecto, deberíamos unirnos a la causa “pro-choice”.

Hay que admitirlo, en el mundo de este burdo bardo del transporte público las cosas son como son: las mujeres menstrúan, en El Salvador se ha acabado la guerra, la gente tiene sexo y algunas niñas se prostituyen. ¡Oh, mundo cruel! El problema, sin embargo, no es que diga lo obvio: el problema es que es que lo haga desconociendo la sutileza, mientras cree estar haciendo todo lo contrario.

Es decir, mientras se cree poeta.

Con un tacto eminente, este juglar de colchón dice “hicieron tremendo pastel en aquel viejo hotel” en la canción “Con una estrella”. ¿Hace falta ser pastelero para imaginarse el horno donde hicieron el “tremendo pastel”? No. Pero más fascinante y cautivadora resulta la letra de “Primera vez”, donde el poetastro afirma “Mi cama no merece tu cuerpo, virgen como el Amazonas”. Bienvenido al mundo, Ricardito: ¡al Amazonas lo vienen talando sin compasión hace un siglo! Pero ese es apenas el abrebocas. Más adelante, en esa misma tonada, Arjona lanza una de sus grandes joyas: “Tuve sexo mil veces, pero nunca hice el amor”. ¿Les habrá dicho lo mismo a las mil mujeres anteriores? Esa es una horrible confesión. Y ni hablar de la elegancia con la que se refiere al orgasmo en “Dime si él”: “dime si él tiene la sensibilidad de encontrar el punto exacto donde explotas al amar”.

Así es. Leyeron bien.

“Historia del Taxi” merece un análisis más cercano. En esta exaltación de la vileza, Arjona se sienta al volante de un pesero chilango y recoge a una rubia sensacional. Atención, pues, a los siguientes versos: “Era una rubia preciosa, llevaba minifalda. El escote en su espalda llegaba justo a la gloria. Una lágrima negra rodaba en su mejilla, mientras que el retrovisor decía ¡Ve, qué pantorillas!”. Hasta ahora, todo apunta hacia un solo lugar que no vamos a nombrar, pues sin duda alguna, conociendo la pluma del cantante, la misma canción lo hará más adelante: “¿Para qué describir lo que hicimos en la alfombra? Si basta con resumir que le besé hasta la sombra”…

Al final de esta película porno de bajo presupuesto, este taxista de la lírica se convierte en amante de la güera al tiempo que, sin saberlo, su esposa hace lo mismo con el marido de la rubia a la que le besó la sombra: un verdadero cuadrado de amor que se afila, como siempre, con los nunca despreciables comentarios sociales de Arjona: “Usted sufre en su mansión, yo sufro en los arrabales”.

Lo dicho: canción protesta de amor.

Ricardo sabe que necesita psicoanálisis y por eso mismo, al parecer, escribió “Ayúdame Freud”, donde cuestiona lo que le enseñó mamá y lo que espera de su esposa; sin embargo, lo más preocupante de su mundo son sus habitantes: doce millones de seguidores que aplauden y corean sus canciones como si se tratara de un mesías de la radio. Una radio, en todo caso, con muy poca imaginación.

En el mundo de este autodenominado “gitano urbano”, para ser subversivo sólo hay que ser pornográfico, para ser sensible sólo hay que ver la realidad a través del noticiero y para ser culto sólo hay que nombrar a Neruda o a Picasso. Es sorprendente cómo logra halagar a las mujeres tratándolas como floreros –como es el caso de su archifamosa y siempre aclamada “Mujeres”– o como viles objetos sexuales que menstrúan para crear obras de arte impresionista que, próximamente, Arjona venderá en una galería expresionista.

Al final, sólo queda una duda: ¿cómo se inspira Ricardo Arjona? “Jesús afinó mi guitarra y agudizó mis sentidos, me inspiró”, respondería él mismo, en una afirmación muy similar a la que pronunció el hombre que asesinó a John Lennon antes de disparar…


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