Tenía la piel trigueña, el pelo corto y las cejas pobladas. Sus caderas eran anchas. Era una gang latina como pocas, una bailarina pura sangre que movía el cuerpo como la lengua, marcando la cadencia de su raza tanto en sus curvas como en su acento: un bravo nuyoricano.

Era Jennifer y vivía en el Bronx.

Era Jenny, la del barrio.

En breve.

En 1990, esta hija de inmigrantes boricuas que soñaba en conquistar el sueño americano como actriz y bailarina, haría su aparición en In living colours –un famoso programa de comedia de FOX conocido también como “the black Saturday Night Live”– como parte de la tropa de baile del show: las Fly Girls, gig que, eventualmente, le serviría como pasaporte para convertirse en backup dancer de figuras como Janet Jackson, actuar en algunas películas –My family, Money Train, Jack– y llegar, finalmente, al papel que la posicionaría como la máxima diva hispana del espectáculo.

Corría 1997. Dos años habían pasado desde que la reina del tex mex fuera asesinada por la presidenta de su fan club. Dos años habían pasado desde la canonización definitiva de una leyenda cuya historia, por supuesto, debía llevarse a la pantalla grande.

Ahora, ¿quién haría el rol de la cantante?

Dicen que al casting fueron 20 mil personas. Dicen que la selección no fue nada fácil. Al final –y por supuesto, pues de lo contrario no estaríamos contándolo– Jennifer saldría elegida.

Y pronto Selena sería parte del pasado.

Con el éxito de este filme, dirigido por Gregory Nava, Jennifer López se convertiría en el rostro latino más reconocido –y mejor pagado– de Hollywood. Luego vendrían Anaconda y U-Turn y Out of Sight y The Cell, entre muchas otras películas, al tiempo que el despegue de su carrera musical y por supuesto, sus sonadas relaciones con este y aquel, entre ellos el artista entonces conocido como Puff Daddy. Curiosamente, sin embargo, a medida que pasaba el tiempo y aumentaba su éxito, la mirada pública sobre J.Lo –como era entonces conocido su personaje en el supermercado– recaía menos en sus logros o en su rostro y más en otra parte. Su incomparable físico era objeto, no solo de encanto, sino de curiosidad e inquisición.

¿Podían ser naturales esas colosales, firmes y redondísimas nalgas?

Y es que el suyo no era el mismo trasero de siempre, al que el mainstream estaba acostumbrado. Ella no era una modelo blanca con una colita inofensiva. Ella era una mestiza con un behind de carnaval. El suyo era un booty serio y mal alimentado, grande y provocador, que venía con fuerza y desde abajo para encarnar la fiesta pagana, el deseo, el pecado.

En pocas palabras: la antítesis de la belleza americana clásica.

Una afirmación anatómica que también era política. Un cuerpo que le declaraba la guerra la Historia. Al establecimiento. A la realidad.

Con el auge de López y su omnipresencia mediática, el mundo atestiguaría una revolución que transformaría para siempre la percepción de la belleza femenina. El canon. Sin proponérselo, ella se convertiría en una abanderada de la lucha por la reivindicación de la mujer latina, una identidad materializada en una voluptuosidad que no se avergonzaba de ser, de gozar, de moverse, de bailar. También, por supuesto, del inmigrante. Del que se trabaja su way up y con sudor logra llegar a ese lugar común que es el “sueño americano”. Entonces, así como Bart Simpson enseñaba sus nalgas como forma de insulto, ponerle al mundo entero su trasero en la pantalla era una manera de decirle, de manera desafiante, casi revanchista: lo logramos.

Una respuesta a la exclusión y a la opresión. Casi una venganza.

No importaba su actitud in your face, su comportamiento de nueva rica –¿acaso no lo era?–, sus abrigos de piel o los tiroteos en las discos que frecuentaba con su corte de rappers. A principios de esta década, años antes de que aparecieran en la escena las caderas de Shakira o los rostros de las Evas, la retaguardia de J.Lo se convertiría en la pieza de carne humana más preciada del mundo del espectáculo –como alguna vez lo fueron el lunar de Cindy Crawford, el sixpack de Mark Wahlberg, la boca de Angelina Jolie–. Ahora, miles de mujeres luchaban contra sus propios genes en la mesa y en el gimnasio, procurando criar una sexy y redonda y gigantezca y firme retaguardia.

Mientras tanto, los hombres se babeaban.

Por un momento, todos quisieron un trasero latino. De barrio.

Era imposible negarlo.

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