Historia de una cadera
X: Gelic
Un capítulo en la historia del pantalón que se escribe con tela del mundo y piel de la región. Mujeres: a la carga.
Hasta hace poco, muy poco, unos pantalones de tiro alto, altísimo, se trepaban implacables por el abdomen de las mujeres para envolverles la cintura, robarles cuerpo y decirles, en últimas, cómo debían ser. Ellas tuvieron que esperar hasta esta década para firmar su declaración de rebeldía, arrebatándole algo de tela del frente y de atrás a aquellas tiránicas prendas que, hasta entonces, las habían logrado someter.
Esta vez no se trató de quemar brassieres ni de cortarse el pelo como hombres.
Esta vez, reclamaban otra cosa: sus caderas.
Históricamente, la moda cumplió con una labor fundamental: ajuiciar cinturas y perfilar cuerpos femeninos para que se triangularan en la mitad. Así lo hizo el corsé, que desde el siglo XV, en forma de corpiño, y luego durante todo el siglo XIX, más rígido, contrajo la respiración de jovencitas, les apretó pulmones y costillas para conseguir una figura “estilizada”, una silueta de avispa que daba cuenta de una mujer de cuna noble que podía dedicarse al piano y a la costura y no a los trabajos de campo.
Así lo hizo también en los años 50 el “new look”, la silueta creada por la casa de modas Dior, esa misma que le devolvió la relevancia a la cintura después de que grandes y revolucionarios diseñadores de principios del siglo XX como Paul Poiret, Coco Channel y Madeleine Vionnet fabricaran vestidos sueltos con los que habrían “liberado para siempre a las mujeres del corsé”. Así, de la mano de Dior, la finura de la zona abdominal, acentuada con gruesos cinturones, volvió a ser un mandamiento de la belleza.
El reinado de las mujeres sin cadera, sin embargo, se perpetuó con los jeans de los 80, cuyas pretinas apretadas escondieron el joven ombligo de Cindy Crawford, Julia Roberts y Madonna, tan solo insinuando esa región de su dorso que se volvía a engrosar por la aparición de las costillas. De esta manera, un cuerpo en forma de reloj de arena, un cuerpo redondo con una fina cintura, se convirtió en el sinónimo de feminidad. Un ideal de belleza avalado por cientos de años, inventado por diseñadores europeos e inmortalizado por creadores norteamericanos.
Sin embargo, la mujer latina, esa misma de caderas abundantes y vaivenes imposibles, jamás pareció suficientemente cómoda entre la Historia que la forraba. Y entonces decidió cortar su propia tela y hacerse con un nuevo pantalón: el descaderado. No en vano, quizás, la mayoría de expertos confirman que fueron modelos brasileras como Gisele Bündchen y Adriana Lima quienes posicionaron esta prenda desde las pasarelas europeas, aunque otros lo nieguen diciendo que, en el fondo, todo fue un negocio impulsado por las más respetadas marcas de ropa interior, que buscaban abrirse hacia una nueva era haciendo visibles sus pliegues y encajes. Al final, un pantalón de tiro bajo también brindaba la posibilidad de hacer visible lo que por años se había mantenido oculto: las prendas interiores se volvían exteriores, haciendo parte activa del vestuario.
En el 2004, en el estado de Louisiana, el legislador Derrick Shepherd buscó evitar la desfachatez juvenil de andar mostrando las tangas por encima del pantalón a través de un proyecto de ley. A pesar de sus esfuerzos –o quizás precisamente por personajes como este– la moda triunfó. Si bien los pantalones de pretina baja ya existían en los años 60 e incluso se habían convertido en el sello de personajes como Jimmy Hendrix, Janis Joplin y hasta Robert Plant, no fue sino hasta principios de siglo XXI que la pretina “superlow”, esa que coquetea más con el pubis que con el ombligo, entró en su máximo furor, alcanzando su apogeo en marcas como Calvin Klein, Miss Sixty, Diesel, Levi’s, Kosiuko o Girbaud, y en la mujer latina –y para la muestra, Shakira– su máxima expresión.
Aunque ya pasó de moda en Europa y se encuentra en retirada en el mercado norteamericano, el descaderado sigue siendo el favorito de la mujer latinoamericana. Ni siquiera han importado la tendencias fashionistas, que lo han enterrado hace poco menos de cinco años, ni las sentencias médicas, que afirman que este tipo de pantalón deforma la silueta femenina. Son más bien pocas las que reparan en aquellos que condenan su uso porque dizque contribuye a desaparecer la curva natural de la cintura o porque crea, mágicamente, una depresión anatómica a la altura de la cadera. Este pantalón se quedó para siempre en los armarios del mundo como una manera de resguardar la única conquista que en los terrenos de la moda se ha hecho desde estas latitudes. Como una forma de mostrar, con ritmo, orgullo y carácter, esa parte del cuerpo que es también patrimonio latinoamericano.
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