Por José Gandour

Este es el playlist del verano. La banda sonora del sol. Una antología de música hispana especialmente diseñada para vivir un día perfecto en la playa. Enjoy!

En mis sueños más cálidos veo mis pies untándose de arena, siento las olas ir y venir como si el mundo no tuviera prisa jamás. Llevo mis bermudas de flores moradas, mis gafas oscuras clásicas, mi bronceador, mi silla plegable y mi viejo radio portátil de los 60, de esos que parecen haber sido especialmente diseñados para hacernos sacudir el cuerpo mientras suena algo de los Beach Boys.

En mis sueños más cálidos sólo quiero echarme en la playa a escuchar mi Top 20 para la ocasión: una antología especial de música hispana. Una selección de temas “de ayer, hoy y siempre”, como dirían aquellos locutores de las emisoras clásicas, como el que está hoy en control del estéreo de mi imaginación.

En mis sueños más cálidos, estoy alegre. Arriba, calienta el sol.

Se abre la mañana.

Arranca la sesión el grupo español Fórmula V con su inolvidable “Eva María”, aquella canción de 1973 que habla de esa chica alegre del bikini a rayas que deja a su novio plantado, con “recuerdos de su ausencia sin la menor indulgencia”, dando cuenta de que las mujeres fueron las primeras en anticipar el final de la mojigatería franquista en España. Sonrío. A continuación, se abre paso una preciosa interpretación de “María”, una composición original de la famosa ópera West Side Story, pero esta vez en versión especial: un reggae-orquestado a cargo de los argentinos Dancing Mood, montado en el 2008 para su DVD Deluxe, grabado en vivo en el Teatro Ópera de Buenos Aires.

El calor es intenso. Poco a poco entro en el mood. Saboreo un granizado de limón mientras mis pies comienzan a moverse al ritmo de “Istanbul (Not Constantinople)”, canción originalmente grabada por The Four Lads –y que suena muy similar a ese swing de Irving Berlin, “Puttin’ on the Ritz”–, pero en una versión llena de sabor interpretada por Ska Cubano, una banda de músicos de la isla y británicos desadaptados, todos ellos residentes en Londres.

Una onda más electrónica alegrará a la chica de linda sonrisa y delicioso hablar que se broncea a mi lado. Entonces el disc jockey cambia el mood y comienza a tirar éxitos electrónicos como “The Flow” de la agrupación mexicana Quiero Club, del sello independiente Happy Fi de la ciudad de Monterrey. La disfruto tanto como los detalles del vestido de mi vecina, imagen en la que me pierdo por unos instantes hasta que suenan los venezolanos de KP9000 con su tema “Malamalanga”, una grabación repleta de samples con referencia a ese clásico caribeño de Celia, “Burundanga”. El locutor de mis sueños se refiere a esta banda como “un conjunto de muchachos que representan el sonido rumbero y agresivo de Caracas”, y para rematar su intervención, le pide a la audiencia que, como advierte la canción, “no fumen de esa malamalanga”.

Siguiendo con la onda electrónica, y ya con la mitad del granizado derretido, suena “Don’t let go” de Pacha Massive, un dueto del Bronx –el dominicano Nova y la colombiana Maya Ellos– que recientemente publicó su nuevo álbum con Nacional Records, y que en vivo parece una delegación de las Naciones Unidas, pues se les une un filipino, un sueco y un gringo, eso sí, sin que pierdan la esencia latina. Cuando llega la hora de mojarse, le subo el volumen a “Me voy pal’ mar” del dúo bogotano Monareta, compuesto por unos personajes extraños que tocan con cascos de motociclista coronados por una rueda de bicicleta, y que no dejan de brincar de principio a fin en sus conciertos.

Con esta música soy el rey del lugar. Varios playeros me mandan cervezas frías para celebrar. En agradecimiento, hago que suene Nortec Collective desde Baja California con su nueva producción Tijuana Sound Machine y su rolita más movida: “Shake it up”. El sonido norteño en su más deliciosa versión. Para continuar con la pachanga, desde Barcelona llegan los Pinker Tones con su electrónica llena de pop, funk, bossa nova, breakbeat, swing, psicodelia y soul. El tema elegido es “Sonido Total”, que enciende aún más el ambiente con su curioso estribillo, que dice “sonido en el espacio, silencio en mi cabeza, rugido intergaláctico”.

La cerveza se sube a la cabeza. Mi vecina coquetea. El momento es apenas perfecto para introducir “El Gauchito Gil” de los cumbio-electrónicos argentinos Fauna: un tributo sonoro a una figura religiosa popular del sur del continente, un santo generoso que, de estar en la tierra y no en el cielo, bailaría sin parar este ritmo contagioso, como lo hacen todos ahora en la playa. Con la sonrisa a flor de piel, enciendo el primer habano del día y entonces suena “Fuego”, de los colombianos Bomba Estéreo. Ellos, que se dicen cultores del “electrovacilón” y afirman que su sonido procede de África, Jamaica y Palenque, ya suenan en Edimburgo y en Japón.

La chica de al lado se contagia del sabor que emana de la radio y me invita a bailar “Funk da Esfiha”, de los brasileños Bonde Do Role: una canción que comienza como una burla a la banda sonora de Grease y termina en carnaval. Siguiendo el camino trazado por sus compatriotas de CSS (Cansei de Ser Sexy), este trío, que dice haber metido en una licuadora a George Clinton y a su Parliament, al metal de Sepultura y al house de las discotecas de Sao Paulo para lograr su funk carioca, ya conquistó Europa, continente a donde precisamente llegamos, como lo anuncia nuestro locutor, para que suene “Moving” del álbum Puerto Presente de Macaco: un barcelonés que se ha vuelto símbolo de campañas ecológicas a nivel mundial y cuya música –que combina pop, reggae y hip hop­– se la baila hasta el enemigo más acérrimo de la naturaleza.

La chica se acerca y me susurra su nombre, que se me pierde en la memoria apenas me da un beso en la mejilla y suena “Tiembla”, de los venezolanos de Desorden Público: una banda de ska que, fundada en 1985, sabe lo que es complacer al público poniéndolo a pachanguear. Entonces revienta una canción precisa para sacudirse la arena del cuerpo: “Wo No Noo” de los caraqueños PapaShanty SaundSystem, que mezclan ska, reggae, hip hop, dancehall y drum and bass con letras "superpositivas" para divertir hasta al más amargado. Y entonces bailamos y reímos hasta que el día entra, suavemente, en pausa.

Apago el cigarro. Hora del almuerzo.

Pasado el mediodía, hay antojo de tacos y también del experimento melódico que hiciera alguna vez el vallenatero mexicano Celso Piña junto a los inventores del llamado “chuntaro style”: El Gran Silencio. “Cumbia Poder” es una canción que parece hecha para sentir el mar Caribe colombiano en pleno centro de Monterrey.

Y ya que hay olor a Caribe, ¿qué mejor recorrerlo con el borícua de Héctor Lavoe y su “Murga de Panamá”? Aquí es donde mi vecina me agarra la mano y me pide que me una a su danza, porque “esto es una cosa fácil y muy buena pa’ bailar”. Ella pega su cuerpo al mío, yo pongo mi mano ahí donde su espalda pierde su nombre y escucho, con su rostro en mi hombro, cómo entra en escena la famosa “Micaela” en la versión bugalú de Pete “El Conde” Rodríguez, grabada a finales de los años 60, inspirada en la versión original de los cubanos Cuni y Chapottin.

Ya todo está dado entre mi vecinita y yo.

Entonces suena “Bésame mucho”, tema original de la compositora mexicana Consuelo Velásquez, pero en la versión de Cesárea Evoria, mujer nacida en la isla de São Vicente, Cabo Verde, y un travieso señor alemán bautizado como Uwe Schmidt pero conocido en Chile –donde reside– y en el mundo de la música con el más divertido apelativo de Señor Coconut.

Todo es perfecto.

Sin embargo, ya anochece en la playa de mis sueños y mi vecina debe decir adiós. Mientras se aleja, dejando con su perfume el recuerdo de su presencia, el locutor imaginario de la radio despide su sesión con Bienvenido Granda, acompañado de La Sonora Matancera, entonando “En la orilla del mar”. Y mientras abandono yo también esa arena en la que fui feliz, Bienvenido murmura “recuerdo sus labios sensuales y su dulce mirar, mi gran amor”.

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