Por Gregorio Matamoros
Ilustraciones por Javier Chacón

1. Este artículo echará unas cifras, apurará el paso y terminará cuanto antes. En el camino, sin embargo, contará la historia de dos crímenes que son también el hilo conductor de un reportaje sobre el eterno retorno de una misma guerra.
Y su fracaso.

2. A Edwin J. Jerge lo mataron a plena luz del día, un domingo de junio de 1928 a las tres de la tarde. Atravesaba en su auto el corazón del entretenimiento neoyorkino, una esquina de Broadway, cuando en un semáforo lo acabaron a balazos. Escasamente alcanzó a ver la silueta gris de su asesino.
Jerge un dealer, un matón de ligas menores.
Eran los años dorados, entreguerras, fiesta. A miles de kilómetros, en Chicago, Alphonse Capone, el Cara Cortada, se había tomado el submundo a través del monopolio de la venta clandestina de cerveza. Y poco a poco, sus muchachos venían colonizando otros centros urbanos del país, rendidos ante delirantes festejos clandestinos, los speakeasies, donde se fermentaba lentamente la magia jazzística de Duke Ellington y Louis Armstrong, tiempos en los que se remataban unos a otros con hermosas ametralladoras y sastres elegantes hasta quedar dibujados contra las paredes.
A mediados de los años veinte, la mafia del alcohol había extendido sus tentáculos, tomándose los ya de por sí violentos guetos de la Gran Manzana. Uno a uno había venido acabando con mafiositos como Jerge, esa calaña baja de matones y extorsionistas que creían dominar la ciudad. Con este asesinato, sin embargo, por primera vez se había despertado “el interés y la indignación del público”, como escribiría el periodista Alva Johnston en un estupendo artículo publicado en The New Yorker un mes después de los hechos: “Siempre y cuando los gangsters se eliminaran unos a otros en vecindarios humildes, todo estaba relativamente bien”.
Pero, ¿un crimen en la mitad de Broadway?

Norteamérica se dio cuenta que tenía en Al Capone a un antihéroe y a un enemigo. Y así como resultaba fascinante narrar las aventuras criminales de la mafia de Chicago, era tenebroso sentir que el monstruo del crimen golpeaba la puerta mientras estrenabas televisor. Capone, reflexionaría por esos días una periodista en Harper’s, se convirtió “en un factor del desgobierno de Estados Unidos, un fuerte argumento en contra de la Prohibición, un reproche andante a Chicago”.

Pronto, fue demasiado evidente que la ilegalidad del alcohol –aceitada en el Washington de 1919 por el representante a la Cámara Andrew Volstead– había engendrado grandes relatos policiales, pero también alimentado un submundo vicioso cuyas balas empezaron a golpear las puertas equivocadas. Y entonces, no hubo de otra: la sociedad americana le dijo sí, y para siempre, a la embriaguez.
Corría el año 1933.

3. A la carrera contra el alcohol en Norteamérica la llamaron La Prohibición. Hoy, la lucha contra las drogas tiene un último y sonoro nombre: El Plan Mérida. Se trata de un millonario desembolso de dinero del gobierno estadounidense al mexicano, que se despedaza por dentro en su afán por perseguir y acabar con los tentáculos del narcotráfico.
A diferencia de la lucha contra el licor, que se libró en casa, el frente contra las drogas lo abrió hace treinta años Nixon en los Andes, ese hermoso y verde rincón de montañas y valles, que muy pocos estadounidenses conocen, y cuyos arbustos de coca brotan en las planicies de Yungas y Chapare, en Bolivia, se extienden hacia el norte por el Valle de Río Apurimac y Ene, en Perú, y culminan en la Sierra Nevada de Santa Marta, en Colombia. Vista desde un satélite, la coca es un archipiélago de cultivos móviles, verdes y brillantes, escenario de la guerra de Nixon, y de Reagan, y de Bush I, y de Clinton, y por supuesto, de Bush II.
En esa guerra, que más abajo se llama Plan Colombia, los norteamericanos se han gastado, en diez años, seis mil millones de dólares. Con ese dinero, Colombia ha comprado helicópteros y entrenado soldados, ha perseguido y capturado capos, ha erradicado gran parte de los cultivos que inundaban su territorio, y ha buscado atajar las mil y una maneras de hacer llegar la cocaína a las calles norteamericanas. Pero últimamente –y con mayor razón desde que las pistolas se escuchan desde Texas– todos lo andan diciendo, hasta los funcionarios a cargo: no hay manera de frenar la droga.
¿Aburren las cifras? Basta solo con una pequeña y rápida comparación para salir de este asunto: en el año 2000, Colombia tenía 163 mil hectáreas de coca sembrada; para el 2001, el Plan Colombia las había reducido a la mitad: 76,000. Este año, la ONU pone la cifra en 81 mil. Y, sin embargo: el nivel de producción de cocaína se ha mantenido estable.
Y así, mientras que la fiesta sigue prendida, la demanda sostenida y sabrosa, en Colombia permanecen las bombas y los muertos y la mafia y las minas antipersona. Y aunque menos glamourosos, también los pequeños y grandes Al Capones.

4. El 7 de diciembre de 2008 al mediodía, mientras almorzaba con amistades locales en Saltillo, capital de Covolhuila, estado norteño de México, el señor Félix Batista recibió una llamada a su celular. Sus amigos lo vieron levantarse nervioso de su asiento, no sin antes pedirles un favor: “Guarden esta tarjeta, ahí están los datos de quien tienen que llamar si me pasa algo”.
Un minuto después, había desaparecido.
Hubo una época en la Historia, entre la Guerra Fría y la Guerra contra el Terrorismo, entre la Caída del Muro y la Caída de las Torres Gemelas, en que la guerra contra las drogas fue la película de moda en la prensa internacional. Fueron los años de los más dolorosos magnicidios de políticos colombianos, la persecución al capo de capos, Pablo Escobar, la captura del Cartel de Cali, el escándalo de la infiltración de dineros calientes en la campaña presidencial de Ernesto Samper, y toda una suerte de sagas apasionantes, como las de Mario Puzo, pero que en el fondo no dejaban de ser relatos lejanos, balas perdidas en barrios pobres que permitían que algunos habitantes de Estados Unidos y Europa, impolutos ellos, siguieran metiéndose sus pases, inmunes a la trama y a la sangre, como si en el fondo esta realidad no los amenazara.
Hasta que secuestraron a Félix Batista. Norteamericano.
En el 2008 también se incrementaron los asesinatos y desapariciones en México, hogar de los máximos distribuidores de la droga suramericana; es decir, de los carteles más poderosos en la historia del narcotráfico. La frontera se llenó entonces de pequeños capos y grupos paramilitares –de esos que, para evitar el reguero, tienen la cortesía de diluir a sus víctimas en ácido sulfúrico–, y poco a poco, una guerra que había comenzado décadas atrás en la lejana retaguardia de los Andes, se lanzaba furiosa e inclemente contra uno de sus padres.
Al caso de Batista lo rodea un aura de misterio. Y de ironía. Como consultor de ASI Global, una firma dedicada al asesoramiento en casos de secuestro, había mediado procesos de liberación en Colombia, con grupos como las FARC y el ELN, y también en México se le conocía por su amplia trayectoria para lograr, a buen precio, el regreso a casa de los plagiados. Ahora, que un experto negociador en temas de secuestro resulte secuestrado no es una buena señal.
Hasta hoy, mayo de 2009, nadie sabe con certeza qué fue de Félix Batista.

5. Algo tuvo que salir mal. Y lo reconoció la administración Obama, en cabeza de la secretaria de Estado Hillary Clinton, ex primera Dama de quien fuera el principal arquitecto del Plan Colombia en 1998. Pero tuvo que sonar la guerra en el patio trasero norteamericano, tuvieron las balas de los capos que golpear las puertas equivocadas en Phoenix, El Paso o San Diego, para que se reconociera como inadmisible la política dictada por tantos años.
Veinticinco años han pasado desde que, en 1984, el capo de capos, Pablo Escobar –ese al que ahora le están haciendo también una película con Christian Bale a la cabeza– mandó a asesinar a Rodrigo Lara Bonilla, el Ministro de Justicia colombiano que se atrevió a perseguirlo. De ahí en adelante, el narcotráfico ha venido dejando una incontable hilera de muertos, que va desde los Andes hasta el río Grande. Un largo y costoso recorrido que ha demostrado, en últimas, que de nada sirve erradicar la oferta si no se extirpa la demanda, que esta guerra se pelea en las narices y en la mente de cada persona que en el mundo se mete un pase.
¿Legalizarla? Es un largo debate. Pero nunca antes hemos estado tan cerca de las reflexiones que condujeron al levantamiento de la prohibición del alcohol y a palabras como las de Alva Jhonston en 1927, en esas páginas que se refundieron en el tiempo: “Ignorar la cerveza requeriría una conspiración colectiva: una cordial cooperación entre el elemento moral y el elemento inmoral de la comunidad”.

Sí, algo de eso parece aún habitar este mundo: esa ceguera hipócritamente compungida que nos lleva a putear a los actos criminales, pero a la vez a seguir consumiendo como si nada pasara; a apoyar negocios pese a no haber duda de que son lavaderos de narcos; a permitir que se siga tratando el tema del consumo personal como si cualquiera que se mete algo fuera un criminal.

Y ahora que la guerra se juega en esta casa, viene siendo hora de que las reglas cambien. Puede que esta vez no haga falta un crimen en el centro de Broadway.

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