Iglesias®
La santísima trinidad de la música hispana
Por Daniel Páez
Ilustracion: T'Caggio
Julio Iglesias no solo impuso un estilo lacrimógeno y sensual: también engendró una prole que siguió sus pasos para conformar un peligroso clan de ladrones de corazones. Con la franquicia de estos sementales sentimentales, España volvió a conquistar el nuevo mundo.
El padre
Julio Iglesias de la Cueva lleva cuarenta años enloqueciendo a amas de casa desesperadas, solteronas insatisfechas, quinceañeras lascivas y, por supuesto, viudas adineradas. Sus canciones, aparte de ser tan sosas como pegajosas, cargan el incuestionable mérito de haber sido traducidas a catorce idiomas y de venderse por millones hasta en países como Rumania.
Inicialmente, en los remotos años sesenta, Julio soñaba con ser el arquero del Real Madrid. De hecho, militó en sus divisiones inferiores. Sin embargo, un fatídico accidente automovilístico se encargó de dejarlo por fuera de las canchas, obligándolo, por el bien del fútbol –y sabrá Dios si por el bien de la música–, a buscar otro don: en este caso, bailar como momia, cantar con los ojos cerrados como si le doliera el estómago y recitar frases melosas del tipo “El amor, el amor”.
Inspirado por ídolos como Tom Jones y Engelbert Humperdinck, Julio saltó a la fama en 1968 con “La vida sigue igual”, clásico con el que recorrería todos los festivales y concursos musicales de Iberoamérica, arrasando con todos los galardones y estableciendo, de paso, la imagen que siempre lo ha caracterizado: la del gigoló sofisticado, de pelo en pecho, que pone a babear a todas las hembras del mundo con el suave rugido su voz.
Entre el ocaso del hippismo y el nacimiento del punk, Iglesias le demostró al público que el buen gusto siempre estará a la vanguardia y que la rebeldía es una moda pasajera. Así, este elegante casanova jamás perdió su vigencia; tanto, que en su página web se afirma que, en la radio, “Cada treinta segundos se oye un disco de él”.
Así como lo leen.
Gracias a ese poderío interplanetario, Iglesias ha sido imitado por miles de “cantantes” desde Las Vegas hasta Tokio –no sabemos si también en Melmac y Saturno–. El planeta está lleno de polichinelas que difícilmente han alcanzado un hit radial y que, ni de lejos, se acercan a la virilidad imparable del gran Julio. Virilidad que, además de conseguirle romances con las mujeres más hermosas de la galaxia, le ha dado ocho hijos oficiales, dos de los cuales aprovecharon su apellido para entrar al mercado de la música y, de paso, imitar a su padre.
El hijo (aunque son varios)
Como si se tratara de una franquicia de hamburguesas representada por un payaso diabólico, Enrique y Julio Jr. convirtieron a “Iglesias” en la palabra mágica para llegar al número uno de los listados de popularidad, encabezando las poco creativas selecciones anuales de los hombres más sexys del planeta y rozando algunas de las faldas más ansiadas de este balneario universal, estableciendo el arte de cantar con los ojos cerrados como si les doliera el estómago, bailar como momias y recitar frases tan cursis como “por amarte robaría una estrella y te la regalaría”, como una marca familiar, un gesto congénito que la segunda generación de mozalbetes refinaría con un perfectísimo rictus a lo “soplo de vela” a la hora de posar.
Gracias al gran Julio, todos los Iglesias nacieron famosos: sin falta, desde bebés han estado en las portadas de todas las revistas de peluquería y en todos los noticieros de farándula de habla hispana.![]()
Después del veterano padre, Enrique es el más popular: luego de haber posado para marcas como Pepsi y Tommy Hilfiger, muchos pensarán que lo suyo es el modelaje; sin embargo, aunque cueste creerlo, él también es compositor y productor. De hecho, todos sus álbumes han alcanzado los primeros lugares en los rankings latinos de Estados Unidos y de casi toda Iberoamérica, al punto que los medios lo han bautizado como “el rey del pop latino”, superando a genios de la canción de la talla del poeta menstrual, Ricardo Arjona, y muy de lejos al magnánimo Elmer “Chayanne” Figueroa.
La voz de Enrique, a diferencia de la de su padre, no suena adulta ni adúltera; al contrario, suena adulterada, distinguida por un impostado tono juvenil. Su estilo se hizo inconfundible por las letras repletas de candidez adolescente y por esa pose de galán frágil que le sirvió, entre otras, para enamorar a nadie más ni a nadie menos que a la tenista Anna Korunikova, lo cual hace que todos sus demás logros resulten insignificantes. Y es que después de eso, ¿qué más importa?
En cuanto a Julio Junior, el otro Iglesias, sólo cabe decir que algunos triunfan, otros no tanto.
El espíritu santo
Las cifras ratifican la gloria de Julio Iglesias: sin contar las mujeres que pasaron por sus manos, este Don Juan de la canción registra otros records: más de cincuenta álbumes grabados, nueve libros centrados en su vida, innumerables discos de oro, platino y diamante (logro que nadie más ha alcanzado), e incontables monumentos erigidos en su honor en lugares como Miami, Los Ángeles, Holanda, Alemania y hasta Japón. Aunque su hijo Enrique carga la marca histórica de ser el artista con más canciones en el número uno de Billboard –más que The Beatles o Mariah Carey–, aún necesita andar un poco más por el camino de la fama que labró el único y verdadero Iglesias. Volviendo a Julio Junior… no hay nada que resaltar.
Envidiados por su talento para conquistar a las mujeres más espectaculares, más que por sus virtudes artísticas, estos casanovas del ritmo son una verdadera franquicia musical: millones de fanáticas histéricas alrededor del mundo confirman que para cantar no se necesita componer grandes canciones. Como siempre, una pose afectada de sentimentalismo y una cara de modelo bastan para enamorar.
Amén.
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