LEVEL XXX

Por Juliana Robledo

Pero además de ser un recipiente natural a través del cual satisfacemos nuestras necesidades nutricionales durante los primeros meses de vida –lo cual, entre otras, nos recuerda que no somos otra cosa que mamíferos–, los senos también representan otros papeles. Al ser considerados una zona erógena donde se ocultan sensores hipersensibles que se activan al más leve contacto, su rol cultural es importante. Como fuente de placer, entonces, es crucial su participación en rituales sexuales.

Por lo mismo, quizás, inquietan. Sobre todo, cuando se exponen, libres, al aire.

En el arte, pintores y escultores los recrearon, permitiéndonos notar, además, que los senos son algo más que sólo senos. Algo que siempre deviene en otra cosa. En otra expresión. En otro significado. 

En Picasso y Leger son geometría. Entre individuos que parecieran estar despojados de sexo, las mujeres se distinguen gracias a esas circunferencias. A sus gracias circulares. En la escultura de Gaston Lachaise son macizos y robustos. Seguros, nunca frágiles. En los desnudos de Modigliani son formas del deseo y del carácter. Mujeres desvestidas que esperan el amor. Que seducen con sus carnes. Son naturalidad en la obra de Paul Delvaux, donde ellas, despojadas de su ropa, recorren las calles europeas como elegantes desvergonzadas. Son movimiento en La Danza (1910) de Matisse, un baile de cuerpos al desnudo, serpenteados junto al viento. Mujeres tomadas de las manos.

También la fotografía magnifica el poder del cuerpo femenino. Helmut Newton, aquel judío-alemán que se adentró en la difícil labor de retratar mujeres desnudas, las señaló con ondulaciones y redondeces y tacones afilados. Una sinuosidad que también es glamorosa, costosa, sofisticada. Jean Francois Bauret, por su parte, nos muestra senos de todos los colores. Una mujer, distintas razas. En David LaChapelle, en cambio, los pechos son juguetes. Las mujeres son de plástico.

El siglo pasado significó también el boom del destape femenino, convirtiendo al busto en un protagonista mediático y comercial. La ropa interior evolucionó junto con el paso de la moda y la caída del corsé y sus restricciones permitió, en 1914 y de las manos de Mary Phelps, la creación del sostén o brassiere: una prenda íntima que, tras encajes, lycra o seda, se encargó de ocultar lo sensual con sensualidad. Desde entonces, los más grandes se pudieron refugiar en unas copas talla D, mientras que los más pequeños lo hicieron en unas A, hasta finales de siglo, por supuesto, cuando muchas decidieron recurrir al seductor y maravilloso engaño del Wonderbra.

En adelante, el topless, expresión –más que liberal– natural de las playas del Mediterráneo, se convirtió en negocio. Y no tardaría en comenzar el show: tetas por aquí y tetas por allá… y luego tetas de mentiras, a falta de tetas de verdad. En 1963, la cirugía estética trajo las prótesis de silicona gelatinosa de la mano de los cirujanos norteamericanos Cronin y Gerow. La ciencia prometió y cumplió.
Y hoy, casi 50 años después, el mundo entero vive la feria de la teta artificial.

Y es que se inflan como globos de fiestas infantiles. Como objetos que causan gracia y asombro, fascinación y sorpresa. Les brindamos identidad, los convertimos en iconografía. Nos preguntamos si la voz de la cantante de Country Dolly Parton proviene de su garganta o de más allá, cuántos gramos de silicona habrá tenido que implantarse la actriz porno Maxi Mounds –la medida de su busto es de 153,67 centímetros– o si fue sincera la vergüenza de Janet Jackson el día en que Justin Timberlake le arrancó la parte superior de su vestuario en plena transmisión del Super Bowl.
Alabamos la voluptuosidad de Sofía Vergara o de Scarlett Johanson. Queremos confirmar si, en efecto, es verdad que todo es natural en la sensual figura de la guapísima Tyra Banks. Nos divierte la idea de celebrar Mardi Grass para disfrutar un poco de exhibicionismo aficionado. Nos prendemos de una pantalla, deseosos de que Tara Reid nos conduzca a parajes espectaculares adornados por pieles doradas y camisetas empapadas. Hombres y mujeres gozamos con la imagen de Betty Boop o Jessica Rabbit. Abrimos una revista “para hombres” y lo que vemos nos afecta, sin saber exactamente por qué, si para mal o para bien. Hasta Cristóbal Colón afirmaba que la tierra tenía forma de seno, el pezón siendo la parte más alta.
La más cercana al cielo.

Senos, boobies, puchecas, tetas, tits, quicas, melones, sandías. Son un arma de doble filo; en exceso aquejan espaldas, cuando escasean generan complejos. El hombre busca un equilibrio perfecto de factores subjetivos que han sido eterno tema de discusión. Las dosis perfectas de tamaño, forma, simetría, textura y color, son tan difíciles de definir como el bien y el mal, dónde empieza el mar o qué significa el amor.
 
Por eso el escote ahora es un medio de comunicación más; es una sucursal de esa ventana al alma que son los ojos. Una vitrina donde se puede encontrar esa medida subjetiva. Una pequeña muestra de un territorio que tal vez pase eternamente inexplorado por algunos, mientras es felizmente conquistado por los demás.

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