LEVEL CINE

Por Juan Pablo Castiblanco

Hora de aceptarlo.

La imagen cinematográfica de Centro y Suramérica, elaborada en gran medida por una máquina llamada Hollywood, es casi tan absurda como la idea de que en Asia, particularmente en China, Corea y Japón, todo ladrón o policía, héroe o villano, conoce en profundidad las técnicas ancestrales del kung-fu o el jiu-jitsu; casi tan desatinada como que toda persecución, inevitablemente, tenga que pasar por la cocina de un restaurante; casi tan peligrosa como aquella de que todo árabe, eventualmente, vaya a inmolarse.

Desde el origen mismo de esta industria cultural, el espectador global ha visto desfilar ante sus ojos una larga lista de películas que van desde la acción hasta la comedia, todas mostrando una tierra latina donde el peligro es pan de cada día, y sus habitantes, cuando no seductores y venenosos pseudotoreros, son pillos morenos y de pronunciado bozo, pintoresca pronunciación del idioma imperial y dientes dispares, que siempre están intentando sacar ventaja al mister americano-redentor-águila-de-la-libertad.

Entre tanto truhán y maligno embaucador, es apenas comprensible el porqué las finas bellezas femeninas de estas tierras casi no se dejen ver en la pantalla grande. No hay cabida para ellas en los cuarteles generales del narcotráfico, el machismo está justificado por la dura vida selvática y el encierro es un imperativo en la cultura del maridos y padrastros. Eso sí, las Rosas, Esmeraldas o Marías que logren salir a hacer algún mandado –luego, por supuesto, de haber visto sus telenovelas de Telemundo y Univisión– serán también unas avivadas morenas de esculturales cuerpos y cabello rebelde que, en el camino, tratarán de seducir al rubio visitante que, por supuesto, las viene a salvar de su (melo)drama. Algunas, sólo unas pocas, se dejarán seducir por el poder del amor, traicionando las causas terroristas que nacieron para apoyar. En cuanto a las demás, sólo son una carnada.




Entre los ejemplos más frescos y recientes de lo anterior, están dos joyas cinematográficas que abordan la temática del secuestro: Proof of Life (2000) y Collateral Damage (2002). Estas epopeyas de G.I Joe, presentan a dos prohombres, Russell Crowe y Arnold Schwarzenegger, respectivamente, que derrotan a unas caricaturescas guerrillas que secuestran ciudadanos norteamericanos o ponen bombas en ciudades estadounidenses. Por demás, la primera, nos ilustra muy bien en materia de apellidos colombianos, al presentar al villano como Claudio “The Wolf” Perrini.

Pero este paisaje de tierras inhóspitas no es exclusivo de estas películas de acción. El género de aventuras también tiene su participación. Romancing the Stone (1984) con Kathleen Turner y Michael Douglas, Raiders of the Lost Ark (1981) con Harrison Ford, o Butch Cassidy and the Sundance Kid (1969) con Paul Newman y Robert Redford, nos enseñan que en cada esquina de las ciudades suramericanas hay feroces caza recompensas y mapas con tesoros, que en cada rama hay un indígena con un arco y una flecha o que las calles bolivianas son, aún, inhóspitas reservas precolombinas, repletas de tribus antropófagas.

El narcotráfico y los carteles también se llevan su gran apartado, y acá es donde países como Colombia o Bolivia se llevan el papel protagónico. Recordemos a los enemigos colombianos de Tony Montana en Scarface (1983), la amistad entre George Jung –Johnny Depp– y Pablo Escobar –interpretado por un actor neozelandés– en Blow (2001), o lo que sucede cuando Elliot Richards –Brendan Fraser– le pide al Diablo –Elizabeth Hurley– que lo transforme en un ser rico, poderoso y respetado (y es entonces convertido en un Colombian drug lord). México por su parte, es un solo paraíso de la impunidad, la ilegalidad, la corrupción, el tequila y los cocteles con sombrillitas; un país donde hay un arma por cada niño, anciana y mujer, y una ametralladora por cada varón adulto. O al menos esa pareciera ser la moraleja que dejan películas como Bandits (2001), El Mariachi (1992), Desperado (1995), Traffic (2000) o Once Upon a Time In Mexico (2003).

El crimen, que en el celuloide aparece como deporte nacional de muchos de estos pueblos, es una irresistible tentación para los action heroes de siempre, los valientes destinados a aplacarlo. Debido a que Steven Seagal, Christopher Lambert, Chuck Norris, y cómo no, Arnold y Harrison, no conocen el miedo, jamás han dudado en venir a poner en su sitio a malignos dictadores, sanguinarios rebeldes, despiadados narcotraficantes, amables ciudadanos que cargan granadas en sus bolsillos o, incluso, bestias alienígenas. Sus hazañas han quedado consignadas en cintas como Delta Force 2: The Colombian Connection (1990), Clear and Present Danger (1994), Predator (1987), Marked for Death (1990) o Gunmen (1994).

Pero, ¿qué más esperar? Vista a través del lente de Hollywood, Latinoamérica es un banquete de imprecisiones frente al que no queda más que reírse. Dejando atrás los argumentos inverosímiles, las fallas en materia de producción, especialmente cuando se trata de la escogencia de locaciones y actores, están al alcance de la mano. En Mr. and Mrs. Smith (2005), por ejemplo, Bogotá, que es una ciudad de clima templado, se muestra tropical y calurosa, convertida en un extenso criadero de gallinas y guano. Así mismo, los productores de Quantum of Solace (2008) no mostraron pudor alguno al contratar a la rusa Olga Kurylenko para hacer de boliviana. 

Pero ese es el panorama cinematográfico imperante.

Un panorama fiel y realista, como la fábrica de ACME.

BANG!

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