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Mejor en InglesPor: Daniela Matiz Borda

This article about english is being use and abuse all the place everywhere. Real fun. And if you don’t like then go and buy other magazine crap. OK?

Indudablemente la sencillez del inglés es la razón de su reinado universal. No se trata sólo de un imperialismo cultural, sino de la practicidad de un idioma que no necesita distinción de género, concordancia al adjetivar, tildes o un par de puntitos que cambien por completo el sonido de una vocal.

El inglés es el idioma oficial de la Unión Europea, la lingua franca de los negocios internacionales, la academia y las relaciones diplomáticas. Y hablando en términos más mundanos, también manda el juego del mercado y los medios de comunicación. ¿O es que Shakira cantó en costeño para compartir el trono con Madonna, Beyonce y Britney?

No.

Querámoslo o no, el inglés, como dicen, “es el idioma universal”.

Pero, ¿por qué untarlo en todo pan? Si fuera con fines humorísticos, habría que admitir que es una empresa muy acertada y exitosa. Pero no: no es así. En Latinoamérica y en Asia, el afán por llenar desde la ropa hasta las paredes de locales con frases en este idioma confirma una lamentable creencia popular: “en inglés, es mejor”. Por esta razón es que, desde Tegucigalpa hasta Caracas y la Patagonia hasta Tijuana, nos podemos topar con un Michael-Jackson González, con una LadyDi Pérez y con similares e incomparables crímenes de la incoherencia y el arribismo lingüístico.

10 escenasLas incoherencias venidas de Asia son comparables con las latinoamericanas y casi iguales en número. De hecho, hay un sitio –www.engrish.com– dedicado a recopilar estos diamantes idiomáticos. Cada semana hay nuevas fotos que denuncian en silencio lo contraproducente. “In case of emergency, brake this wall to escape” es uno de los ejemplos típicos de este portal, plagado de anuncios y letreros inundados de frases absurdas y a la vez fantásticas venidas de todas partes del mundo. Pero eso no es nada. El asunto se agudiza cuando se bautizan restaurantes, clínicas y almacenes con un conocimiento más bien limitado del idioma.

Probablemente añorando clientela viajera, en rincones del planeta encontramos restaurantes como “Gross Diner” y a la vuelta de la esquina bares como “Pub Smell” o “Cabbages & Condoms” cerca a centros comerciales como “Mylord Shopping”. Ahora, si un restaurante con la palabra “gross” en su nombre continúa sirviendo comida a sus clientes, deja de ser sorprendente el hecho de que se venda ropa interior femenina estampada con frases como “Wet dreams are with us” o “Entrance to hell”. Así como está, se vende, se utiliza, se regala, se populariza. Una camiseta con la bandera del Reino Unido como fondo de “Ingeland” se compra y se luce tanto como una con algo tan brillante como “Dare to be the twiggy. Enthusiast, you just supossedly”.

No importa lo que diga o si se entienda, siempre y cuando esté en ingles.

En Korea, en una heladería llamada Strawberry, una corta frase da la bienvenida a la clientela: “One of the hostages being taliban had two message interview late last night”. Ante algo así no queda más remedio que asumir que el dueño mandó a hacer la pancarta de su negocio escogiendo como lema el primer recorte de periódico que encontró. Lo mismo ocurre con artículos de aseo y golosinas, cuyos empaques, antes que referirse a su contenido, están repletos de intentos de poesía o derrames con un insistente tufo de auto-ayuda: “It’s so late but I’ll wait through the night for you” o “The sentimental taste is cozy for the heroines in the town”.

Bares y restaurantes de barrios particulares en todo América Latina insisten en compartirnos menús bilingües con platos como “Milanesa: wet meat with egg and bread” o “Real pasta in green bed of shrimp”. El afán por vestir de frescura los negocios, intentando tal vez ir a la par con las grandes capitales del mundo, los conduce a pegar por todas partes frases no tan bien escritas, y que en países de habla inglesa no resultarían atrayentes sino repelentes: “One, two, three beers only for woman’s thrist throat”, “Eat the italian pizza most delicious of the city”.

El tema se puede convertir en un asunto macabro cuando juguetes para niños, con coloridas fotos y su respectivo nombre en el idioma local, presentan explicaciones en un inglés básico y malinterpretable. El Elmo Cosquillas no oficial se vende bajo la siguiente advertencia: “He is too hot! No one can resist his infections!”. Las muñecas de ojos que se mueven, aún muy populares en Suramérica, se acomodan a las temporadas; en Navidad: “Happy the birthday of Jesus Christ the girl”; en Halloween: “I the witch will kill candy child”.

El inglés –o mejor, pseudo-inglés– como fetiche estético y comercial es muy común. En su uso –o desuso– algunos ven una atractiva fórmula cultural. La idea, entonces, es darle cierto estatus al producto, al servicio, al dueño del local, otorgarle un aire “moderno” que bien podría compararse con la tendencia occidental de fabricar productos con kanyis japoneses o caracteres chinos puestos al azar, ignorando por completo lo que dicen o incluso si dicen algo o nada.

A fin de cuentas, da igual.

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