En la divertida y oscura novela Un chino en bicicleta, el escritor argentino Ariel Magnus inventó a dos personajes extraordinarios: un padre futbolista que no celebraba los goles y un hijo que no podía insultar. Extraordinarios, porque en el país de la mano de Dios y La Bombonera, es simplemente inimaginable que un futbolista no reviente de alegría al ver la malla contraria inflarse, o que un espectador, por más pequeño o bien educado que sea, no comprenda la importancia de gritarle al adversario que pisa la cancha: ¡LA PUTA MADRE QUE TE RE MIL PARIÓ!
En la novela de Magnus, sin embargo, sucede. Y ambos, padre e hijo, hacen lo imposible por superar sus falencias. El padre recibe lecciones de coreografía, rutinas que se toma tan en serio que deja de hacer goles por andar practicándolas –de hecho, eventualmente arruina su carrera por celebrar los goles del rival–. El hijo lo acompaña con juicio a la cancha y escucha con atención a los amigos de su progenitor: “Vos tenés que llamar a las cosas con su nombre. Al referí se le dice hijo de puta, al línea puto de mierda, al oponente puto de mierda hijo de puta”. El niño, presionado por la escuela popular que lo rodea, siente en medio de un partido que ha llegado su hora. Entonces se prepara. Infla pecho. Y cuando un oponente es expulsado de la cancha por infracción, en medio de un inexplicable y corto silencio grita, envalentonado: “¡Qué feo que sos!”. Su padre nunca más lo vuelve a llevar al estadio.
Insultar, provocar, atacar, irritar, acometer. Hasta hace poco, esta era una actividad reservada para ciertas circunstancias: para el conductor que nos cierra el camino en medio del taco, el martillo que acaba con la uña al desviarse del clavo… Por siglos, las palabrotas habían emanando de la fábrica secreta del lenguaje, heredadas a los humanos para que llenaran con colores sus rabias y frustraciones. Esos vocablos, cargados de sonoridades fuertes y toscas, de hecho, tenían “una condición terapéutica”, como lo dijo alguna vez en un foro de la Real Academia de la Lengua el narrador y caricaturista Roberto Fontanarrosa –“mi psicoanalista dice que es imprescindible para descargarse, para dejar de lado el estrés y todo ese tipo de cosas”, afirmó–, y sin embargo, algo parece haberles pasado.
Obsérvese el pop: en 1985, David Summers acababa a madrazos al sujeto que le quitó la novia. Y cuando le deseaba sufrimientos a ese mamón y juraba la venganza absoluta contra ese marica, uno sabía que tocaba tomarlo en serio, porque eran los Hombres G y porque eran los ochenta, y porque uno no llamaba a nadie “marica” en público si no quería andar provocando peleas. Ahora, cuando el pudor escasea y los dioses se han ido y el sexo prematrimonial es norma y la iglesia indemniza por abusos, las palabras prohibidas han dejado de serlo y la magia del insulto se ha perdido entre la economía del lenguaje, la repetición gratuita y el sin sentido.
En español, Juan Esteban Artistizabal, más conocido como Juanes, va diciendo en ruedas de prensa “¡Qué chimba marica!” con la naturalidad y frescura de la diva que manda besos. En México, la agrupación Lol N' Luv, como también podrían afirmar sus compatriotas de Molotov, reconoce que insultar le ha resultado bueno para el negocio, y en Puerto Rico, a nuestro queridísimo Residente ya se le agotó el diccionario de improperios.
Es un hecho. Insultar ya no es lo mismo que antes.
Hubo una época en que romper el tabú se castigaba con dureza. Había lugares oscuros en la mente y en el mundo, y las palabras destinadas a mencionar aquello que no debía ser mencionado sufrían la ingrata condena de convertirse en vocablos impronunciables. Cuentan algunos que en la antigua Siam, hoy Tailandia, quien osara profanar el lenguaje en público era enviado directo a cárcel; en el norte de Colombia, entre tanto, la grosería se llegaba a castigar con la muerte.
Hoy un marica es un compadre, chingón está padre y huevón es cualquier persona. Y para colmo, en inglés o en español, la economía del lenguaje va corroyendo la creatividad del insulto. No hay un solo capítulo de Inside the actors studio en el que un artista, sea Angelina Jolie o Natalie Portman, James Gandolfini o Kevin Spacey, responda diferente a la pregunta preferida de su anfitrión, el estupendo James Lipton. “¿Cuál es tu madraso favorito?”, pregunta este. A lo que todos responden “Fuck”. FUCK porque estás bravo, FUCK porque estás triste, FUCK porque quieres sexo, FUCK porque de ahí nace FUCK YOU, FUCK OFF y MOTHER FUCKER.
¿WTF?
Nada… FUCK IT .
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