No se trata de esparcir rumores o de repetirlos. No se trata, tampoco, de dar detalles acerca de la vida de los personajes de esta banda, compuesta primero por tres, luego por dos –unidos a otros dos– y finalmente por solo uno. De eso hay tanto que lo mismo cierto puede ser mentira. Y finalmente, como dijimos, no se trata de eso.
Se trata, entonces, de presentar un debut sonoro que marcó un momento, una pauta, una actitud que por años ha estado presente en el continente. De presentar a una banda única, necesaria, fuerte. Una banda que surgió a principios de los 80 en Chile, y no a pesar, sino precisamente por aquel oscuro y tenebroso régimen de Pinochet, el mismo que ensombreció al país austral desde 1973 hasta 1990.
Se trata, pues, de presentar la voz de una generación: la voz de los 80.
Esta producción, con la cual Los Prisioneros se dio a conocer, apareció tarde en 1984. Lo hizo en un casete de mil copias lanzado por el sello Fusiónen el mes de diciembre, justo cuando la banda que dos años antes habían formado Jorge González, Miguel Tapia y Claudio Narea gozaba de cierto renombre en los círculos intelectuales de Santiago. En 1985, el disco comenzó a ser distribuido por EMI, multinacional que, naturalmente, catapultó al trío hacia fuera de las fronteras chilenas.
A bordo de ese boom continental que fue conocido como Rock en Español, lo que había comenzado como el pasatiempo de un par de amigos que se habían conocido a finales de los 70 en la comuna de San Miguel, dos jóvenes que compartían su gusto por la onda punk y ska al estilo The Clash, se convirtió en la expresión de una generación harta de una represión que, muchas veces, adquiría el rostro más temido: el del terror. También, de una juventud harta de los excesos del mercado. De la ineptitud de los Estados. Del imperialismo. Del vacío mediático.
Y es por eso que, quizás, estas canciones, básicas y crudas, frescas e irónicas, suenan con la fuerza de un grito. En esencia, conservan el espíritu de una causa que, hoy, perdura para tres generaciones de latinos. La voz de los 80 fue un llamado al despertar. Fue una invitación a la rebeldía. Este es un disco de rock combativo que dio a conocer a una banda chilena que, por casi dos décadas, demostró con canciones contundentes que la libertad ha de ser la única condena.








