Por Daniel Páez
Paulo Coelho nació en 1947 en Rio de Janeiro en el seno de una familia católica. Fue un joven rebelde que hizo lo que hicieron todos los jóvenes rebeldes de su época: andar con hippies y experimentar con drogas, razón por la cual sus padres, conservadores, hicieron lo que suelen hacer los padres conservadores de los tipos rebeldes como él: enviarlo al manicomio. Al buen Paulo, por supuesto, el manicomio no le gustó mucho, así que, fiel a su hippismo, se fue de casa, deambuló por el mundo, probó más drogas y, de vuelta en Brasil, encontró fortuna escribiendo letras para cantantes como Elis Regina y Raul Seixas. En 1974, fue arrestado y torturado por la dictadura militar de su país por componer canciones que, ante los ojos del régimen, parecían “subversivas”. Desde niño, el sueño de Paulo Coelho fue uno solo: escribir libros.
Después de tener una visión –que, a propósito, ya había aparecido en un cuento de Borges y milenios antes en Las mil y una noches–, el buen Paulo, un poco frustrado, pues hasta el momento no había podido hacer su sueño realidad, decidió irse a España a hacer la ruta de Santiago de Compostela. Allí, vivió unaexperiencia espiritual reveladora que le sirvió como inspiración para escribir su mayor éxito hasta la fecha: El alquimista (1988). En esta primera novela, autobiográfica, a un niño pastor se le revela en sueños que ha de encontrar un tesoro, por lo que no duda en abandonar su hogar y su rebaño para ir en busca del botín, sólo para descubrir, ya de vuelta, al final de un camino largo y espinoso, que este se hallaba en su casa, debajo de sus propias narices –“Donde está tu tesoro, allí estará también tu corazón”, escribiría el Maestro–. Perogrulladas que la gente necesita escuchar para sentirse conforme, pero que también requieren de talento para ser exitosas: después de todo, vender libros es un arte más exigente que escribirlos.
Aunque la crítica literaria pocas veces lo ha elogiado, esto no ha sido una barrera para el brasilero, quien ha vendido más de 150 millones de copias de sus títulos y ostenta la marca de ser el autor vivo traducido a más idiomas. Los puristas de la literatura lo han señalado de mediocre y cursi, pero los lectores comunes no paran de aclamarlo.
Mário Mestri, uno de los pocos críticos que no lo rechaza, define su obra así: “A pesar de pertenecer a géneros distintos, las narraciones y los libros de autoayuda deCoelho tienen un mismo efecto fundamental: anestesiar las conciencias alienadas mediante la consoladora reafirmación de convenciones y prejuicios vigentes. Fascinado por sus descubrimientos, el lector coelhista explora lo conocido, derriba puertas que ya estaban abiertas y se ve envuelto en visiones sentimentales, tranquilizadoras, egocéntricas, conformistas y fascinantes del mundo que lo aprisiona. Cuando termina de leer un libro quiere otro que sea diferente pero exactamente igual”.
Leer a Coelho es como ir a misa, pero desde la comodidad de un sillón.
En el mundo de Paulo Coelho, la magia, el esoterismo y las experiencias sobrenaturales son esenciales: una visión, una señal divina, un milagro, un maestro, diferentes símbolos paganos y reencarnaciones se unen en sus libros para dejar un mensaje cómodo para todas las creencias. Dios jamás tiene nombre y el único profeta es él mismo. Así, sus obras reflejan un espiritualismo superficial que toma de aquí y mezcla de allá para presentar recetas fáciles para llegar a la realización personal.
Coelho sabe lo vacía que es la vida del hombre contemporáneo, por eso, se ha erigido como una especie de Prozac editorial, de Jesús de chocolate, de profeta de televentas, que nos enseña la importancia de buscar oro con la excusa de que “hay un tesoro en todas partes”. En últimas, es un vendedor muy audaz que ha dado en el clavo al ofrecerle al hombre contemporáneo lo primero que este ha perdido, eso que realmente le hace falta: esperanza. Y en el camino, la ilusión de estar leyendo una obra literaria para que se sienta culto y educado.
En el mundo de Coelho, los protagonistas son “guerreros” que deben entrenarse como Karate Kid para alcanzar sueños que, así se camuflen de espirituales, son tan triviales como Wall Street. Según él, “Cumplir su Leyenda Personal [así, con mayúsculas] es la única obligación de los hombres”. Tal vez por eso es que su literatura es tan sosa como una nube, replete de frases como:
“Los lugares mágicos son siempre lindos y merecen ser contemplados. Son cascadas, montañas, bosques donde los espíritus de la Tierra acostumbran a jugar, sonreír y conversar con los hombres. Estás en un lugar sagrado y Él te está mostrando los pájaros y el viento. Agradece a Dios por esto: por los pajaritos, por el viento y por los espíritus que pueblan este lugar”.
Así, la falta de talento literario se convierte en filosofía barata, en comida rápida para almas hambrientas. Y con este tipo de recursos, el lector queda con la sensación de estar descubriendo realidades invisibles y profundas, alejadas de las ansiedades del consumismo y de la religión tradicional; sin embargo, si leyera con detenimiento, se daría cuenta de la sarta de lugares comunes que habitan tales palabras.
Y de todo lo que tuvo que pagar por ellas.
Pero bueno. Finalmente, una cosa es ser mercader y otra poeta.








